Frida Poma Escudero
En la década del '60 la literatura latinoamericana conoció de manera espectacular el reconocimiento de su calidad artística en todos los ámbitos del mundo. Una gran cantidad de obras de autores hundidos en el anonimato saltaron a la fama, lograron una difusión sin precedentes y consiguieron ingresar con paso firme a la galería de obras maestras de la literatura universal. Era una literatura fértil en temática: lo mágico, lo fantástico, lo real, lo maravilloso, lo urbano, lo rural se encontraban en esas páginas; en auxilio de la recreación de los tópicos, una inmensa galería de personajes, llenos de inquietudes universales, interrogándose por el devenir de la existencia o el transcurso - no siempre diáfano - de los procesos históricos y la historia de los parajes que les servían de escenario: Latinoamérica. Latinoamérica y la Historia son los dos ejes sobre los cuales van a discurrir las meditaciones de los más destacados y lúcidos narradores de la América mestiza.
Pero debemos recordar también que el lento proceso de maduración de nuestra narrativa le debe mucho a la asimilación de las técnicas de vanguardia, la aceptación de lo onírico y el automatismo surrealista como forma peculiar de recrear - de acuerdo con nuestra idiosincrasia - la realidad difusa y variada de nuestros territorios. En este tiempo, el experimentalismo alcanza su mayor auge y la escritura misma es entendida con mayor agudeza y suspicacia por nuestros creadores.
El problema global de la escritura, se enfila junto a la constante y traumática búsqueda de la verdad y la identidad (dentro del abigarramiento multiétnico) en la historia como vasto texto cultural, consumida por enormes masas de latinoamericanos, ofrecida bajo auspicios gubernamentales, no siempre espejo bien pulido para avistarnos en el pasado.
El discurso histórico. El discurso literario. El discurso histórico en el discurso literario. La historia en la literatura. O el papel que juega la Historia en la elaboración literaria. Todo es narración, todo es discurso. Así que el novelista, como elemento del enorme cuerpo social del que forma parte, fija su mirada en la historia de los pueblos, revisa el proceso de la formación de su estado nacional, busca personajes célebres y los interroga, recurriendo a todo tipo de fuentes - no sólo a las oficiales . Ya no solamente busca informarse sino también cuestionar el pasado, el presente (con frecuencia bastante desalentador y poco comprensible) para empezar a explicarse mejor el sitio y las circunstancias en las que le ha tocado vivir.
Al entrar en la búsqueda de las fuentes se dará cuenta de que quienes las han escrito no son artífices de la verdad y que ésta permanece oculta en un laberinto de espejos, de voces que se pierden en el tiempo. Las fuentes son sólo palabras alguna vez escritas por otro ser humano, de carne y hueso, parcial y débil como el que ahora interroga y que tampoco está exento de presiones y prejuicios.
El narrador toma conciencia de que la historia que él busca, está oculta en los testimonios que se parecen - tanto o más - a una ficción literaria cualquiera. Ha llegado a la conclusión de que la historia es controvertible, porque - como Nietzsche formuló alguna vez - la historia es escritura, una cadena de interpretaciones conflictivas, de relecturas que pugnan entre sí por la hegemonía, porque el objeto del conocimiento (lo que queremos aprehender) no se refleja en una conciencia serena y neutral sino que se somete a las operaciones de la voluntad del poder. A la voluntad del Estado en la defensa de intereses meramente político-coyunturales concernientes, frecuentemente, sólo a la correcta encaminación del futuro de unas pocas figuras.
Entonces el novelista está dispuesto a elaborar un testimonio (para ofrecerlo a todo el que quiera saber algo más de su país que versiones edulcoradas acerca del pasado nacional), y poner a su disposición una visión crítica, contestataria y alternativa a las maniqueas versiones de la historia oficial. Pero en el camino hacia este fin, el narrador buscará también cuestionar el proceso creativo del cuerpo textual de su obra. La obra pregunta a la historia. La obra tiene una historia y se pregunta a sí misma sobre su pertinencia. De ahí que el rasgo principal de la novela histórica y de la historiografía sea la inscripción de la mortalidad en el cuerpo mismo de los textos.