Jaime Bayly. La noche es virgen.
Barcelona: Anagrama, 1997

Marcel Velázquez Castro

Pocos escritores, como Jaime Bayly, han conseguido reunir una masiva aceptación y un repudio ilustrado; lo común de estas reacciones extremas es que rara vez se forman a partir de una lectura crítica de sus novelas. La figura de Bayly, signada por su inserción en el mundo televisivo internacional, sus coqueteos con el homosexualismo, afición a las drogas, irreverencias al establishment, siempre ha sido vista con desconfianza por la crítica especializada peruana; de ser un personaje televisivo se ha convertido en un autor de novelas y esta transformación indigna a los pequeños ortodoxos del (sub)mundo literario.

Bayly no ha leído a Homero ni a Cervantes ni le interesa la tradición narrativa peruana; su obra se inscribe en una tendencia internacional caracterizada por el rechazo deliberado del pesado pasado de la historia literaria, una prosa prosaica y estructuras narrativas simples. También subyace una nueva concepción del escritor que ya no es un intelectual en (des)armonía con su sociedad, sino un agente del mercado; y el libro es una mercancía dirigida principalmente a un consumidor joven que quiere divertirse con la lectura y luego olvidar la historia (agradecemos a las editoriales transnacionales por esto).

Esta es su cuarta novela y la que ha recibido una consagración institucional (XV Premio Herralde de Novela) en el circuito donde ha tenido mayor aceptación su obra (España). Esperamos que esta circunstancia obligue a reflexionar detalladamente sobre sus méritos y debilidades (literarias, por supuesto) pues, aunque moleste a muchos, Bayly se ha convertido en el narrador joven peruano más importante de esta década y en uno de los escritores peruanos que ha alcanzado mayores tirajes y difusión en el mundo de habla hispana.

La novela se caracteriza formalmente por una marcada presencia de la oralidad y sus máscaras: frases cortas y un eficiente manejo de pausas que le dan un ritmo vertiginoso, destierro de las letras mayúsculas, predominio de los aumentativos, diminutivos y despectivos en sustantivos (cholón, culito, paisucho) y adjetivos (tristón, pendejito, timiducha), inserción de palabras y frases en inglés, magistral manejo de la jerga pituca-limeña y otros registros verbales. La novela se abre con una deliciosa dedicatoria "a mí mismo, aunque no me lo merezco" y luego epígrafes de Warhol y Madonna a través de los cuales se intenta filiar con la cultura pop norteamericana. En el estilo son notorias las influencias de Bret Easton Ellis, principalmente de Less than Zero (1985), de la novela rosa, parodiada o quizá simplemente imitada, y de los folletines pornográficos donde el sexo real ha derrotado al erotismo trascendente.

La identidad sexual (gay) del personaje-narrador (Gabriel Barrios) no se corresponde con su identidad genérica (masculina) y esto genera un conflicto que es el motor de la narración. El no se atreve a aceptarse y sentirse plenamente homosexual y por ende modificar su identidad genérica, por esto el texto desemboca en una división del sujeto quien no logra asumirse como homosexual públicamente (ante los otros) pero que si se reconoce a sí mismo como tal. Esta escisión se formaliza en la deliberada confusión de las marcas sintácticas del género en el habla del narrador: "todo me suda cuando estoy así armado y angustiado porque nadie me quiere...y yo desesperada, angustiada, despechada" (pp. 188). El tema principal es ya una constante en el pequeño universo narrativo del autor, (léase su cuento en McOndo), nos referimos a la vieja cruz de los amores no correspondidos. Gabriel (exitoso entrevistador de televisión) cree encontrar su pareja en Mariano (rockero y coquero) pero éste lo abandona por una atractiva mujer.