UN DÍA EN HIROSHIMA (1996)

HIROSHIMA AL MEDIODÍA

Tobias Hill*
                                    (Traducción de Lis Arévalo Hidalgo)


Parque de la Paz. En los árboles de la posguerra
las cigarras se calientan como motosierras.
Niños de escuela salen a atraparlas,
jaulas de insectos en sus brazos
como bolsos de mano. Plástico rojo, plástico verde
Agolpándose hasta alcanzar el ruido.

Nada sucede hoy.
Los relojes alcanzan el mediodía
en las muñecas de hombres que almuerzan.

Se escuchan aeroplanos
y el breve crujido de regaderas de césped.
Woods, el vendedor de carne de caballo,
dormita en un banco de hierro, piernas de nylon extendidas.

Sus sandalias se mojan
El sol marca la hierba como vapor,
humo, el olor de los minerales
Sueña con la primavera. Lluvia que hormiguea.
A través del camino en la gasolinera.

bordes de hortensias
magullan contra el aire, sus puños
delicados como papel tornasol.
Probando el ácido y la violencia
del subsuelo y el calor.

HIROSHIMA A MEDIANOCHE

Ciudad del Río. Guetos de barro
corren hacia los caminos al mar
entre el parque de los cenotafios,
la estatua en honor a escolares muertas,
la calle de los hoteles de amor. La noche muestra
su adicción a la luz.

Nudillos en carne viva como ciruelas en conserva,
Mister Fatboy nos sirve
sake frío. Tenemos el mismo empleo.
Hacemos dinero. Ese es nuestro trabajo.
El reloj del bar en el Gourmet Globe
se ha detenido. Muero por un trago
nuevamente. Miro a la cocinera del último turno
remueve la piel del pollo primavera como un guante.
Mañana es el Día de los Muertos, cuando
todos sus ancestros cabalgan a casa
en las curvas espaldas de las berenjenas.
Ella los escucha ahora, su insistencia
agitando las ventanas de tormenta.
Lava, buscando en la calle
carros veloces. Alas de gaviota, colas aletas.
Luces de freno vibran a lo largo de las líneas del tranvía, asfalto irradiando calor
y las perrunas huellas perdidas de basura
deslizándose por de la Calle de la Paz.

Allá, por los muelles, donde están los desechos,
los fuegos artificiales del verano comienzan antes que podamos atravesar el gentío.
La oscuridad de fusiona con un olor como a zinc;
latas de cerveza y pulpo frito. Oficinistas de caras rojas
se reúnen bajo los árboles de ginko,
esperando el festival.
A todo lo largo de la línea costera, luces en el agua como códigos de barra.
La niña corriendo
hacia la multitud en traje de verano y Adidas
ha sido alcanzada por los fuegos artificiales.
Estira el cuello, cabeza atrás, para mirar su caída,
su deriva. Espectáculos de humo
destellantes, enormes a media luz.

Hora de cerrar. A través de mis zapatos
siento la calle aún tibia y el aire
contra mis ojos y dientes, seco
con pólvora y polvo de río.
Arriba, cerca al esqueleto del campo ferial de la Cúpula de la Paz,
alguien le grita a alguien.

No puedo entender qué. Mister Fatboy
comienza a llorar. Lo ayudo a ir a casa,
las calles vacías
con  el olor a ozono
y el sepia de las luces de las calles en cada cuarto oscuro.