


Disciplinas y extensiones corporales.
Mario Bellatin. Perros héroes. México D.F.: Interzona, 2003.Olga Rodríguez Ulloa
Con Perros héroes (2003),Mario Bellatin (México, 1960) retorna a un modelo de ficción abandonado desde Poeta Ciego (1998). Bellatin deja a un lado los juegos intertextuales de sus novelas anteriores para presentarnos una ficción más plana, en ese sentido, pero no por ello menos problemática. La ironía es un elemento recurrente en esta novela, cuyo subtítulo “Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois” nos sugiere desde ya el carácter mordaz y negro de la mayoría de asociaciones de esta. La elección del tratado como supuesta forma de la novela aborda de una manera lúdica su acercamiento con la intertextualidad, el cual se da mediante un proceso que pasa por el hecho de ignorar las convenciones de la tradición filosófica y disciplinaria, eludiendo así, y por ello mofándose, de sus pretensiones de rigurosidad. Lo que podría denominarse como una suerte de recelo ante el conocimiento y, sobre todo, el conocimiento como posesión se percibe también en la relación del hombre inmóvil y los perros.
La historia se articula en torno a un hombre discapacitado quien, como vimos en el subtítulo, es tratado de “inmóvil”, y sus perros de pelea. No se nos dice cómo es que el hombre inmóvil llega a este estado, pero se intuye, en un principio, que es un mal congénito. Necesita de un enfermero que se encargue de él y de los perros. Dicho personaje detentará la categoría de enfermero-entrenador. En la casa del hombre inmóvil también habitan su madre y su hermana. Es la primera vez que encontramos en Bellatin la recreación de un ambiente familiar; sin embargo, como se sospecha, este ambiente no corresponde al de “un típico núcleo familiar” (58). Todos estos personajes se encuentran en un espacio alejado del exterior: la casa, que funciona como un ambiente autónomo en donde rigen las reglas instituidas por el hombre inmóvil, si bien los miembros de la familia no llegan a estar recluidos, hay una especie de consenso en tratarla como un fortín, en el cual las visitas no son bienvenidas.
El poder que el hombre inmóvil se ha arrogado y de donde emana su autoridad deriva de su relación con los perros. El control que posee sobre la conducta de los canes y sobre la fuerza de los cuerpos de éstos trabaja como una extensión de su propio cuerpo incapaz. El cuerpo del hombre inmóvil carece de la dimensión de utilidad que poseen los demás cuerpos. El suyo no sólo no es útil, también es considerado un lastre: el enfermero entrenador lo denomina “bulto” (16). Pese a ello, el hombre inmóvil es el actor principal dentro de la familia, ya que él es el único que posee el conocimiento exacto para determinar la conducta de los animales, predecir sus actos y, lo más importante, refrenarlos. Esta inmovilidad determinará drásticamente la identidad del hombre inmóvil y sus relaciones con los otros personajes.
Las disciplinas son “métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo” (Michel Foucault. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI, 1976, p. 141). Están orientadas a la producción de cuerpos dóciles y útiles: mientras más aptos y competentes para realizar tareas diversas, mayor será la dominación inscrita en ellos. En la novela, la utilidad de los cuerpos caninos no está constituida sobre la producción, sino sobre el espectáculo. Para empezar, los perros son de pelea o lo han sido (en los sucesos que se nos narra no se describen las peleas en sí). Sus cuerpos poseen una fuerza tal que los convierte en armas potenciales. El hombre inmóvil ejerce una potestad total sobre los perros a partir de una serie de “ruidos tan insignificantes” (17) que dejan extrañados a los espectadores de la exhibición. Sus métodos de coerción disciplinaria son mínimos, pero eficaces. Nadie se explica cómo un hombre en sus condiciones pudo entrenar a tantos perros y obtener de ellos una respuesta tan mansa; es ahí donde se asienta el velo del conocimiento y de la técnica. Se podría señalar que existe entre el hombre inmóvil y los perros un grado de comunicación: ambas partes manejan un código que no está al alcance de los personajes y, en última instancia, tampoco de los lectores. Aunque el enfermero-entrenador elabore teorías acerca de cómo se llegó a ejercer esta manipulación, se nos remarca que “nunca se atreverá a decirlo en público” (18).
El narrador tampoco es el típico narrador omnisciente. Al parecer no emite juicios acerca del comportamiento de los personajes, pero sí apunta algunos rasgos que le pueden parecer esclarecedores: “Fíjense: el hombre inmóvil mantiene inalterable su particular sonrisa” (69). Además, ostenta una ambigüedad en el ámbito de lo sexual que podría acercarlo a lo ingenuo, pero que más bien parece estar emparentada con lo perverso. El hombre inmóvil posee una “estrecha” (19) relación con el enfermero-entrenador y también con los perros. El probable vínculo sexual es sugerido vagamente y apela a una complicidad casi lúdica con el lector (25). Este tipo de narrador, consciente de la “anormalidad” de las situaciones y los personajes que describe, pero al mismo tiempo moralmente al margen y singularmente fascinado por ellos, se puede distinguir en otras novelas escritas por latinoamericanos, como en El bautismo, de César Aira (Barcelona: Debolsillo, 2004).
Nuevamente hallamos en las novelas de Bellatin un personaje que se sitúa en los márgenes de los discursos sexuales monolíticos. Es posible ubicarlo más bien dentro de lo que Eve Kosofsky Sedgwick designa como “un amplio amasijo de posibilidades, huecos, solapamientos, disonancias y resonancias, lapsos y excesos de significado” (“A (queer) y ahora”, en Sexualidades transgresoras. Una antología de estudios queer. Rafael M. Mérida Jiménez (ed.). Barcelona: Icaria, 2001). No obstante, más relevante que esta nebulosa sexual es la necesidad del personaje de elaborar un discurso en torno a su pasado, de poseer un control también sobre él que se deriva de la enunciación. Este imperativo se halla también en Poeta Ciego (1998). No obstante, en Perros héroes (2003) no se apela al discurso religioso-mesiánico ni al médico (como en Flores, 2001), sino más bien a uno lindante con el literario. El hombre inmóvil alude constantemente a una época en la que todos los miembros de la familia estuvieron recluidos en instituciones médicas, mentales y de beneficencia. Hay un tiempo, pues, en el que la familia estuvo separada y, según el relato, la separación termina a causa de la clasificación de bolsas plásticas. Su cercanía con lo literario deviene de la recepción, es decir, todos en la familia saben que los hechos que se narran no son exactos, pero convienen en que la narración es necesaria y útil, sobre todo como un medio de atracción (64).
Párrafos antes he señalado que el narrador pretendería “esclarecer” las situaciones y los personajes. Creo que en última instancia ni siquiera el lector necesita aclarar la trama o el contenido de la novela: la competencia que nos exige Perros héroes es de otro tipo. Las tensiones que genera en el lector son distintas de las que se insertan en el texto, las cuales poseen una lógica y una mitología que tampoco están del todo resueltas. El cuerpo, las disciplinas, la sexualidad y el sujeto dicente como recreador de su pasado siguen siendo constantes en la obra de Bellatin.