


12 cuentos de soledad
Armando Robles Godoy. Un hombre flaco bajo la lluvia. Lima: Editorial Matalamanga, 2004.
Américo Mendoza Mori
El hombre y la soledad: conceptos palpables, indeterminables, pero a su vez imbricados. Cada historia de Un hombre flaco bajo la lluvia parece ser una invocación a la soledad: esa confrontación del hombre contra el hombre, esa batalla sin máscaras, sin sogas cotidianas que nos salven de nuestros propios vacíos. La narrativa de la soledad— los cuentos de Robles Godoy— no conoce héroes sino más bien agonistas: desde un niño curioso que imagina entrar a un castillo de latas, hasta un hombre que luchara por sobrevivir en medio de la voraz y hostil amazonía. Ambos huyen; el primero de su mundo cotidiano y la incomprensión familiar; el segundo, de su irreparable mediocridad. El niño utiliza su imaginación no como un recurso, sino como un mecanismo de defensa ante la realidad; el hombre no le otorga espacio a la ilusión imposible y, más bien, lucha contra todo obstáculo para sentirse ganador, según sus propias consignas. De esta forma, el narrador de Un hombre flaco bajo la lluvia plantea sujetos desplazados, seres en zonas alejadas de su tierra, personajes que se sienten foráneos en sus propios feudos. Robles Godoy muestra, en este libro de cuentos, una preferencia por locaciones exóticas e inaccesibles. Incluso, al tratar sobre urbes, rehúye del realismo urbano, eligiendo poblaciones peculiares, invisibles para el ojo superficial e inmediatista; las ciudades espectrales configuradas en el texto se condicen con el estado de ánimo de sus habitantes. Cada uno de los personajes de Un hombre flaco bajo la lluvia lucha por cambiar su situación, enfrenta sus propios límites; son el muestrario del ambicioso deseo del hombre por no claudicar. Y cuando la derrota es inminente, la resignación o la muerte se constituyen en el recurso heroico e imposible.
Una variedad de símbolos se esconden detrás de anécdotas seductoras. Por ejemplo, el hombre flaco bajo la lluvia espera una carta. Pero no es cualquier carta, al parecer dicha misiva cambiará su vida. Sin embargo, ¿realmente desea eso? Pasan los años y esperarla ya es parte de su rutina, parte de su identidad. Si llegase la carta, ya no sería recordado como aquel que siempre espera inútilmente la venida del correo y así su identidad se vendría abajo. Y si esta viniese, ¿qué diría? La espera y la ansiedad también pueden ser piezas constitutivas de la personalidad de un hombre o de un país. Dicha identidad inmoviliza, nos encierra en la conjetura, nos llena de ilusiones y decepciones ficticias. Acaso Robles Godoy quiso construir con este cuento una parábola sobre la complaciente inacción que gobierna en buena medida nuestra sociedad.
En general, todos los protagonistas de Robles Godoy esperan algo. Pero es una esperanza cadavérica, mezclada con desilusión, un manotazo de ahogado para no sumirse en la depresión. Los motivos oníricos y los recuerdos sirven para conservar la fuerza de los personajes, para condensarlos. Así, un futbolista frustrado seguirá soñando con el gol que nunca podrá anotar. Una hacendosa ama de casa amará tanto sus escritos, al punto que disfrutará releyéndose a sí misma. ¿Los sueños pueden darle sentido a la existencia humana?, ¿son siempre los sueños beneficiosos?, ¿o también nos pueden llevar a la soledad total, a la parálisis que linda con el encierro, con la mediocridad y la enajenación? Sospecho que Robles Godoy optaría por esa última posibilidad, no sin desencanto, sin el pesar del médico sabio y sensible que determina con precisión la enfermedad que mata misteriosamente al enfermo. Porque la muerte siempre estará ahí, para opacar esos breves anhelos. Algunos tomarán el fin con ligereza, otros lo verán con pavor. No faltará quienes llamen a La Dama Negra de manera voluntaria. La muerte está allí para intervenir en el juego solitario y destruir amores, pasiones, deseos, para corregir errores invisibles. Así, Robles Godoy imagina la siguiente posibilidad: un hombre celoso e indignado mata a su amante infiel y luego añora fervientemente su presencia. Acaso el autor sugiere que la muerte puede ser concebida como una vía poco práctica de continuidad, porque también purifica cuando no glorifica.
Palabras simples y fulgurantes nombres que pueden trastocar una existencia, que pueden abrir brechas o intersticios en la rutina, al punto que hasta determinan un matrimonio; de esta forma, un hombre se casará con Elisa sólo porque resultó ser un ferviente fanático de Beethoven. Son las rupturas con la lógica, las obsesiones las que nos otorgan una extraña seguridad, las que nos garantizan la trascendencia y, a veces, nos explican.
El narrador opta por los diálogos cortos y precisos. Los enfoques son diversos. Hay un gran manejo de los escenarios, un cambio constante de espacios. La influencia de la focalización que otorga el cine, es notable. Por otro lado, el cuestionamiento al orden narrativo convencional se presenta como una ventana de emergencia ante los pavorosos laberintos íntimos que proponen las historias.
El destino juega un papel importante en el texto, ya que dictamina el estilo de vida nostálgico y sentimental que prima a lo largo de los doce relatos. Sin embargo, siempre hay una distancia entre el narrador y sus personajes, como si el autor buscara el equilibrio al explayarse, como si pretendiera mirar sin caer en sentimentalismos baratos, como si buscara, sobre todo, la objetividad. Al final veremos develarse aquel detalle que ampliará nuestra perspectiva y cambiará, completamente, el rumbo de la historia. De esta forma, Francisco, un “simple perdedor”, un hombre deseoso por volver a España, podrá convertirse en un “gran fracasado”; al final de su existencia, pues contemplará su logro gris en este mundo con fatal regocijo.
Hay una apuesta por mezclar géneros. En “Tercer acto”, los diálogos similares a los de un guión, refieren una peculiar historia de amor entre una actriz y su director. A lo largo del cuento, nunca sabremos dónde termina la acción, si en la escena teatral o en la vida real. Los límites entre la ficción y la realidad son puestos en cuestión gracias a este artilugio.
Todo libro es una metáfora de alguna idea prevista, de un testimonio de fe. Sospechamos que Robles Godoy cree que no hay ninguna existencia que no posea un toque de misterio, un lado fascinante. No hay existencia vulgar en sí misma. No hay detalle que no pueda ser objeto de una megalomanía. Pensemos unas de las paradojas que nos plantea el autor: la lectura de mensajes anónimos y mínimos atormentará a un hombre, el cual intentará descifrarlos. Luego descubrimos no la verdad del mensaje, sino la verdad del personaje: un paranoico que, al seguir sus propias deducciones, piensa que hay una confabulación del mundo contra él.
Por otro lado, es posible percibir una preocupación social en la mayoría de los relatos. Es así que un joven proveniente de una barriada es presentado como un emergente que no desea por ningún motivo volver a la pobreza. A veces, explícitamente, se cuestionan distintos valores: el dinero, como frívolo medio de poder, la poca importancia del amor en una sociedad frívola y moderna. Todas estas ideas o situaciones ejemplares son configuradas dentro de la representación de una sociedad que exige el cumplimiento de ciertos patrones plásticos e ineludibles.
Al final del texto, el lector descubre que ha sido sometido a una gran treta, a una mascarada. No son doce, sino trece los relatos. No hay un error de contabilidad, no es una cuestión de erratas textuales, simplemente el lector no advierte el último relato, el que nos cuenta el proceso narrativo de todos los anteriores. De esta forma, antes de que nos formemos una opinión sobre los cuentos, el narrador se adelanta: “Todos los cuentos el cuento” intenta encerrar los detalles, las anécdotas y motivos del libro. Curiosamente, este afán de revisión y de autoanálisis no empieza con una afirmación, sino con una pregunta: “¿Cómo, cuándo y por qué la historia se convierte en cuento, y el cuento, en historia?”
La pregunta conlleva una mascarada y nos incita a dudar sobre lo que más adelante se nos pueda contar. Robles Godoy ora relacionará cada cuento con una parte de su vida, ora le dará condición real a sus personajes, tratando de demostrar su realidad autónoma, su existencia de carne y hueso. La celada está tendida, y aunque el lector advierte la trampa, cae en ella, cautivado por el mito, por la leyenda de los orígenes de lo real y lo fantástico.
Y sin embargo, el efecto de nuestra ingenuidad no es menor. Lentamente, el narrador nos convierte en un personaje, en un títere de su espectáculo. Con carisma nos invita a creerle, nos pide tenerle fe, nos enseña pruebas reales. Al final nos deja suspendidos, en medio del aire, en la cuerda floja de la credulidad. El epígrafe del libro advierte: “La verdad es una mentira desagradable”. Uno puede comprobar dicho apotegma en la lectura de los cuentos de Un hombre flaco bajo la lluvia y luego apreciar cómo esta frase nos puede resultar tan verídica, tan cotidiana.