


Mercantilización de la memoria
Víctor Andrés Ponce. De amor y de guerra. Lima: Norma, 2004.
Víctor Quiroz
Aprovechando la enorme fisura abierta por la precaria situación de nuestra institucionalidad literaria, el mercado se impone como el ente autorizado para regular la circulación, recepción y validación de los textos literarios. Esta lógica tiende a excluir a la calidad como criterio de valoración de las diversas obras ya que están concebidas solamente como bienes simbólicos de consumo. Como sabemos, este proceso guarda relación con el desarrollo de nuestro mercado editorial en la era de la globalización y con la reconfiguración de nuestra literatura de masas. Sin embargo, no podemos caer en la trampa de legitimar ciertos textos cuyo único logro radica en haber sido fugaces tigres de papel en manos de las editoriales que luchan por alcanzar el más alto rating en el jet set (mercado) literario local y, sobre todo, internacional. Este es el caso de la última novela de Víctor Andrés Ponce (Lima, 1964): De amor y de guerra. A la amplia cobertura mediática del libro en la TV local debemos añadir el elogioso comentario de la contracarátula: “Estamos ante la primera gran novela sobre la dolorosa guerra que Sendero Luminoso (SL) desencadenó en el Perú y sobre la heroica resistencia de los ronderos durante los ochenta”. Ciertamente, De amor y de guerra dista mucho de serlo. Solo basta recordar obras como Adiós, Ayacucho (1996) de Julio Ortega, Rosa Cuchillo (1997)de Óscar Colchado y Lituma en los andes (1993) de Mario Vargas Llosa, novelas que dialogan con problemáticas globales a partir de nuestros conflictos locales. En efecto, en la primera, el protagonista construye un pensamiento fronterizo (Mignolo) que deconstruye la historia desde su experiencia local indicando su carácter excluyente y silenciador y critica la tanatopolítica (Agamben) del Estado moderno. En la segunda, en medio de una catástrofe social, se expresa un paradigma otro (Mignolo) que nos invita a pensar en un modelo utópico integrador y pluricultural. Asimismo, las memorias postcoloniales presentes en esta novela cuestionan el fracaso del Estado oligárquico, las diversas formas de la violencia del discurso autoritario (tanto del Estado como de SL) y las tensiones de la modernidad-colonialidad en un espacio postcolonial. Finalmente, en el tercer caso,encontramos un abuso de la memoria en el que el narrador toma como pretexto el tema de SL para legitimar su política modernizadora etnocida utilizando viejos imaginarios coloniales. Estos aspectos que marcan la relevancia literaria y política de estas novelas (aunque sus planteamientos sean discutibles) dentro de la narrativa de la violencia política peruana (1980-2000) están ausentes o han sido mal trabajados en la novela de Ponce. En esta óptica, De amor y de guerra se asemeja más a Senderos de sangre (1995), novela de José J. Rada cuya intención pragmática está centrada en liberar de responsabilidad política al gobierno aprista sobre los abusos cometidos contra los DD. HH. por las FF. AA. en el período 1985-1990.
Contextualizada primordialmente a fines de los años ochenta en una zona que podemos identificar con la sierra central colindante con la selva, De amor y de guerra narra la historia de Nicomedes Sierra, líder de un comité de autodefensa, y su lucha contra Sendero. Al intentar relevar el papel de los ronderos y los evangélicos en el conflicto armado interno, paradójicamente, el autor textual apela a distintas imágenes estereotipadas (algunas de filiación colonial) y mitos mediáticos para diseñar su campo de referencia interno. Propongo que la selección de estos marcos de referencia obedece a que la configuración del mundo representado está sometida a la lógica del mercado puesto que se busca satisfacer las expectativas (prejuicios) de un lector/consumidor potencial cuya experiencia social le permita aceptar dichos imaginarios naturalmente. Una muestra clara de ello es el marcado exotismo con el que son presentados los escenarios y los personajes. Por ejemplo, la selva es presentada como un ente viviente, como el espacio de lo desconocido, que a la vez causa admiración y temor. Así, cuando un peón muere por la mordedura de una serpiente el narrador anota que su padre: “lloró porque la shushupe era un aviso, lo supo desde un principio, la selva tenía tesoros subterráneos de barbasco, pero en la superficie había sinuosos guardianes de la verde virginidad” (27). Estas imágenes, como sabemos, están presentes desde las relaciones y crónicas de la conquista (recordemos el mito de “el dorado”) y fueron concebidas para un receptor europeo. En esta perspectiva, aparte del infaltable color local, encontramos la presencia del mito tanto en forma de sueños y, sobre todo, en la forma de anuncios apocalípticos por parte del predicador evangélico, Lucio Sulluchuco, quien decide apoyar la guerra contra Sendero una vez que ellos matan a otro pastor en un pueblo cercano. Sulluchuco identifica a los senderistas con el demonio a partir de una serie de asociaciones de corte mesiánico como el hecho de que, en el tiempo prefigurado en el relato, falten 13 años para el año 2000, números que señalan, desde su óptica, que “el tiempo del demonio ha llegado” (160). Esta demonización del otro también proviene de la época de la imposición colonial. Esta fue una de las formas en que los sujetos andinos imaginaron a los invasores para justificar su aniquilamiento. Del mismo modo, la configuración de Mario Carhuapoma refuerza esta hipótesis ya que es presentado como un diestro cazador (mata un tigre, otra imagen de la exótica otredad), descendiente de indios y chacchador de coca “que le develaba los secretos y lo lanzaba a los hechos más intrépidos” (71). En este sentido, Mario simboliza la energía desaforada del otro latinoamericano: “se embraveció como un toro de corrida por la hija de don Porfirio (Rosaura)” (72).
Otro aspecto vinculado, en cierta medida, al exotismo es el conflicto étnico y racial de nuestra sociedad expresado en la crisis de identificación de los personajes. Así, en reiteradas ocasiones se aludirá al color de piel y al estrato social de los personajes desde diversas perspectivas que, en general, muestran sentimientos de autodesprecio y discriminación a los otros. La contradicción más flagrante al respecto está ejemplificada por Nicomedes quien es hijo de un hacendado (que, cabe resaltar, rompe la tradición del gamonal perverso al preocuparse por sus peones) y de una madre quechua hablante: “ese idioma de agua clara” (...) “criado entre indios” (24). El conflicto interior emerge cuando Nicomedes va a la ciudad y siente el desprecio de los limeños (compara la “belleza natural” del campo con el infierno social de Lima). En ese momento reflexiona: “yo era blanco, dueño de tierras, pero tenía el olor a indios… Durante esa visita a la capital, amé a los peones que estrellaban la mirada en el suelo, adoré los huaynos…” (45; énfasis nuestro). Queda claro que el personaje no se identifica con los peones indios, sino que se siente bien entre los sujetos subalternos, entre quienes puede sentirse “superior”. Se dibuja así la necesidad del sujeto mestizo de establecer una jerarquía respecto de los “indios”. Una vez más estos lugares comunes mal trabajados revelan la mirada exótica y colonial del narrador.
El tema de la coca y el narcotráfico también está presente en el texto desde una perspectiva que podemos asociar claramente a la campaña mediática estatal denominada “La hoja de coca vs. Las hojas de coca” (en la que se promueve la erradicación de la hoja de coca). En la novela, la coca es la causante del trágico final de Nicomedes. La desarticulación del comité de autodefensa se genera cuando un grupo de ronderos negocia con los narcotraficantes traicionando a Nicomedes. Al final, Nicomedes siente “terror del poder incontrolable de esa hoja, puta malévola, que había alocado con sus favores a los hombres del valle” (306). Los tratos con el “Obispo”, narcotraficante de la zona, se postulan como un mal necesario ante la nula participación del Estado y la escasa presencia de las FF. AA.
Menos elaborada aparece la configuración de los sujetos senderistas. El narrador utiliza imágenes provenientes tanto de las Ciencias Sociales cuanto de los medios de comunicación masiva para su construcción. Así, la moral draconiana, el autoritarismo, el dogmatismo y la crueldad son los rasgos que caracterizan a SL. Estos aspectos están sintetizados en el “Manco Miguel”, antagonista de Nicomedes y líder de una columna senderista. Miguel es discriminado socialmente por ser hijo de un peón. El evento que marca su vida es la patada que recibió del capataz cuando era niño por acercarse a jugar con las amigas de la hija del hacendado. El desencuentro entre el discurso liberador de la modernidad (las expectativas de superación y de igualdad) expresados en el “mito del progreso” o en la reforma agraria y la huella del discurso colonizador de la modernidad signado por la violencia de la discriminación social en nuestro país, es presentado como la causa por la que Miguel adopta la doctrina senderista impartida en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga cuando estudia educación. En este sentido, la novela no aporta nuevas imágenes en la representación de los senderistas (más aún si tenemos en cuenta la numerosa producción narrativa sobre el conflicto armado interno en nuestro país) y se inscribe casi fielmente en los planteamientos de la Sociología y la Historia. Este hecho obedece al carácter documental o “testimonial” que se le pretende imprimir al relato: la verosimilitud de la novela está garantizada por la apelación al discurso autorizado de las CC. SS. Sin embargo, cabe mencionar que este aspecto lejos de ser una excepción es un rasgo dominante en la narrativa que ha tratado esta temática.
Por otro lado, destaca el tratamiento que se le da a las FF. AA. Para dar protagonismo a la resistencia de los personajes principales, encontramos otro mito mediático, difundido a mediados de los ochenta, el de “Sendero ganador”: en Lima, cuando Manuel le pregunta a Nicomedes si cree que SL ganará, este responde: “no lo sé pero tal como van las cosas, parece que sí” (120). Este mito se refuerza al reiterar con frecuencia que las FF. AA. no se dan abasto para combatir la subversión. Incluso se presenta al Estado y a la milicia en una situación de repliegue frente a la ofensiva senderista. Nicomedes menciona que: “(los militares) a veces patrullan… sin embargo ¿qué pueden hacer en más de 200 localidades? al principio metían bala, pasaban cuchillo a los familiares de los terrucos pero estos antes que debilitarse se fortalecían, felizmente los milicos ya no cometen esas barbaridades” (119; énfasis nuestro). La imagen dominante de las FF. AA. que presenta la novela está sintetizada en el diálogo entre Nicomedes y un oficial de la Marina producido cuando aquél va a la base a solicitar armamento para la autodefensa. El marino reconoce los “excesos” cometidos en el gobierno de Belaunde y, si bien tilda a los políticos de izquierda (incluido el APRA), a los “belaundistas” y a los organismos de DD. HH. de “terrucos disfrazados” (202) (imagen recurrente en nuestro contexto político) no menciona las masacres de la época del gobierno aprista. Cabe mencionar que en medio de la discusión, si bien Nicomedes alude a la matanza de Cayara -ocurrida efectivamente en 1988-, en su perspectiva (memoria) esta parece haber sucedido durante el gobierno de Belaunde: “por esos años [recordemos que el tiempo de la novela se inscribe entre 1987-88] se escuchaba que a ustedes se les pasaba la mano con gente inocente, recuerdo cosas sobre Cayara, Puquio [¿Pucayacu?] y no sé qué otros lugares” (203; énfasis nuestro). Para justificar su posición, el oficial arguye que, por su formación militar, ellos están entrenados para el combate internacional y no para una guerra interna. En este contexto, podemos analizar el siguiente enunciado: “¿cómo así nos encargan enfrentar a los terrucos que atacan y luego se esconden en las chozas de los inocentes?, ¡carajo, igualito que en las películas de Vietnam!” (204). La alusión es sintomática pues, en medio de su encarnizada defensa, el oficial ya ha prefigurado su principal contradicción: al decir “Vietnam” está comparando implícitamente a las FF. AA. con un ejército de ocupación en un espacio internacional, así terroristas e inocentes son configurados como sujetos desterritorializados (no en el sentido de Deleuze, por cierto) que pese a estar dentro de su territorio nacional han muerto simbólicamente perdiendo todos sus derechos civiles, a quienes es legítimo matar impunemente. (Desde las CC. SS. este aspecto ha sido tratado por Alberto Flores Galindo, Nelson Manrique, entre otros). Pese a ello, la inicial actitud “crítica” de Nicomedes se va transformando en una mirada compasiva que se conmueve con la impotencia del capitán de corbeta. Esto genera que la imagen de los organismos de DD. HH. con la que culmina la novela sea negativa. Nicomedes está preso en la cárcel de Ayacucho por una traición de sus comandos: lo han acusado de matar senderistas y de colaborar con el narcotráfico. La intención es mostrar la injusticia contra los ronderos que se sacrificaron por la pacificación del país al eliminar a los demonios de la subversión. Nicomedes, comparte la visión del marino porque se identifica con él ya que siente que ambos son traicionados por la sociedad a la que protegieron: “el capitán Puma… me devolvió la fe en la gente... estaba gestionando ante su comando mi inmediata liberación, pero… esos hijos de puta de los derechos humanos habían sacado cara por los terrucos muertos y se oponían a mi excarcelación” (309). Esta dicotomía: militares (+) / DD. HH. (-) revela la actitud/opción política del autor implicado que busca dialogar con el debate generado, en gran medida, tras la publicación del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación: el campo de referencia interno (el mundo representado en la novela) no solo representa (recrea) ciertas imágenes del campo de referencia externo (el contexto social) sino que también participa en su construcción.
¿Por qué se recuerdan (seleccionan) ciertos eventos y se silencian (excluyen) otros? ¿A qué se debe la inicial oposición: antes-Belaunde-masacre / ahora-García-“ya no cometen esas barbaridades”? ¿Dónde están las matanzas de Accomarca y la de los penales? Ciertamente no se puede cuestionar la libertad creadora de un autor, sin embargo, por lo delicado y actual del tema en el que se inscribe, es imposible no reparar en la dimensión (intención/proyección) política del texto. Como sabemos, pese a la fuerte dependencia del mundo real, la obra literaria escoge y estructura sus jerarquías cuando configura su campo autónomo (Harshaw). La construcción de las memorias ficcionales en la narrativa literaria trasciende la simple evocación ya que implica una elaboración selectiva (elige qué recordar y qué silenciar). A la vez, es de naturaleza performativa puesto que, de un lado, el sentido del pasado rememorado está en función de su proyección a futuro (Jelin) y, de otro, porque la visión construida entra en disputa con otras versiones en la formación de imaginarios sociales. Este aspecto se pone en relieve sobre todo en las obras que intentan diseñar imágenes de una época tan crítica y decisiva para repensar nuestro futuro como nación. En este sentido, las estrategias de representación del discurso literario develan los mecanismos de producción de la memoria (individual y colectiva), su nivel ficcional y político. Podemos concluir que De amor y de guerra constituye un doble abuso de la memoria ya que su textualización, de un lado, está sometida a las leyes del mercado y, de otro, utiliza su aparente intención reivindicativa de los comités de autodefensa como pretexto para abogar en favor de los militares, insertándose así en una lucha política aún en proceso.