Las escisiones de la migración

Jorge Frisancho. Desequilibrios. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004.

José Cabrera Alva

Inscribir en la página el cuerpo como si fuese exilio desliza el sentido doble de la escritura: la ausencia y su huella. Desde ese lugar, el territorio de las significaciones gira en una única letra: el repliegue de la palabra auscultando su propia posibilidad de significado en la reflexión. Frisancho (Barcelona, 1967) ha articulado siempre su poesía como un reino del cuerpo y una escisión en la necesidad del nombrar, de tal suerte que todos sus versos parecieran apuntar hacia un único aunque móvil arte poética. Desequilibrios se escribe como un viaje en que el exilio de los sentidos y la reconstrucción de la pérdida articulan al yo poético como huella del desplazamiento, «animal migratorio» que remueve su posibilidad de ser en desmembración de palabra y sentido.

            La carencia instalada en el lenguaje desliza al mismo enunciador y hace de este tejido la constitución de su propia posibilidad de significación. A partir de ahí, el lenguaje y el que lo enuncia evaden el entramado de un signo que los corresponda. El tejido textual potencia así la fragilidad fáctica de la palabra a partir de una paradoja: la realización del enunciado que quiebra el lenguaje es formalizada como enunciado que, inmerso en el propio lenguaje, formaliza al yo enunciante a partir del no nombrar. Desde esa segmentación que es la pérdida y la partida el principio de identidad es la instancia en que se construye y deconstruye el discurso del poemario. La dureza de las palabras («La palabra más dura es la palabra que te nombra» y «La palabra más dura es la palabra que no te nombra») es el territorio de la patria perdida, si acaso la patria es algo más que el acto de nombrar. La piel del mundo y la propia piel son una extensión orgánica de la palabra y su ausencia. En última instancia, la patria y la palabra serían un desierto inabarcable, donde la escisión y la recomposición son formas verbales que se construyen in absentia.

            Toda la escritura de este poemario refracta la posibilidad de una imagen que no sea la de aquella en la que todo se quiebra «en ángulo violento»; de allí la aspereza del propio ritmo que se construye como un rictus en la piel. No es de certezas que se construye esta palabra: la poesía nos da «ceguera a negociados trompicones». El saber es potenciado a partir de una corrosión en el saber y solo este deslizamiento permite que el enunciado poético de este libro siga accionando. Ya no creer en la escritura hace que el espacio del poema sea el espacio de la disjunción; por eso las palabras son presentadas como «límite», «asonancia», «bosque vacío», «fracaso fijo». El combate entre la posibilidad del lenguaje y su propia imposibilidad rasgan la veladura de la escritura, si la palabra redime es únicamente como laberinto. Así, la disputa de las palabras produce una inflexión en el campo de lo simbolizable, como si solo lo Real (entendido en términos lacanianos, es decir,  lo insimbolizable) fuese real; por eso la no pertenencia y el fracaso de la escritura son marcas de este libro: «he venido hasta aquí para llegar a nada», «nos conduce a nada velozmente», «me siento a escribir continuamente/ en los pedazos de un día que no me pertenece». Cuando está en juego el decir mismo se produce una obturación en el discurso. Esta concepción de la escritura podría aproximarse al postulado del trazo que esboza Derrida a partir de Heiddeger en La retirada de la metáfora, un corte que se hacen el pensamiento (Denken) y Dichten («que no puede traducirse sin precauciones por poesía» J. D. dixit). Este trazo se abriría paso haciendo una incisión que desgarra, señala la separación, el límite y podría figurativizarse en elementos a los que se aproxima Frisancho en su enunciación: «cicatriz», «latigazo», «fragmentos», «lógica herida», «cruel recordatorio», «erosión», etc.
            La desnudez del desierto y la desnudez del cuerpo alegorizan el develamiento de la palabra por aquello que elude la palabra («hermoso es el silencio/ del desierto», «el paisaje está en blanco», «Pero no digo nada. Lo que esta lengua calla al pronunciarse/ es el ácido desnudo de su hora») y, por ello mismo, son espacio de combate entre las fisuras del nombrar, lugar de desplazamiento y refracción (a fin de cuentas, el yo de la enunciación que se desliza hacia lo otro en tensión de página y cuerpo). La fisura de lo no dicho teje un discurso paralelo a la imagen y a la idea («y no puedes decirlo aunque lo sepas»), así, los nudos de lo fallido operan como cruzamiento de lo que no se ha verbalizado, pero que se erige como «un desierto inabarcable». El no lugar de la palabra y el lugar de la negación de la pertenencia se entrelazan y reflejan («huecas sordas palabras prisioneras/ que a nada nos conducen ferozmente» y «este estarse aquí profundamente/ es ya no estar allá ni haber estado»). El espacio de la palabra se transforma así en espacio de tensión («su arquelogía / en negociable tensión, en su descenso») donde la poesía es «bulto ciego», alimaña que llena «la página de cagarrutas». Reducir a cero la geografía de la palabra hace que la red de los signos choque con la finitud de lo enunciable. Si el movimiento es la caída en este libro es por el desequilibrio que inscribe a todo acto de nombrar.

            Ante el espejo de la palabra —y su espejismo— el yo poético elige la sintaxis de la oscilación: la discontinuidad de los signos y la trascendencia de lo que ya no está; en la desterritorialización de la palabra y de la identidad: «Nadie está aquí, me digo, sino en ninguna parte». De este modo, la página y la urbe son construidas como espacios donde el desarraigo y el desvío metafórico de cada cadena de significado son miembros dispersos de una imposible conjunción. Si el significante es la huella del abandono, la palabra será en Frisancho la propia imposibilidad de la palabra, como deseo e imposibilidad de satisfacción. Por eso, lo que queda al final del viaje son fragmentos, escisión de geografías que se construyen desde la piel y contra la piel: sin duda una escritura que lo arriesga todo y nos muestra, en desarraigada tensión, que la palabra más intensa es la palabra cercenada.