


La batalla ecuménica de la lucidez
Ricardo Silva-Santisteban. Escrito en el agua. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004.
Moisés Sánchez-Franco
El epitafio de Keats («heres lies one whose name was writ in water») sirve a Silva-Santisteban para expresar una idea doble y epigramática sobre la condición del ensayista y del artista moderno: tanto los esfuerzos de la razón como los de la pasión o intuición están condenados al olvido; ambas constituyen prodigios elaborados sobre lo precario o cambiante. Jhonson proponía que el ensayista debía ante todo mostrar carácter y serenidad; Swift añadiría que el desvarío no debería estar ausente; Norman Mailer objetó que el buen ensayo debía reflejar tanto los vacíos y catacumbas del objeto de estudio, como los intramuros del estudioso. A mi juicio, Silva-Santisteban propone un tipo de ensayo donde la altivez ilustrada quede de lado para presentar una mente lúcida, reposada y a la vez didáctica, que pretende, con franca bonhomía, iniciar al lector en un autor, en una obra o en una literatura particular. No pretende confesarse y cuando lo hace, delata su fascinación y deslumbramiento por un escritor o un libro. Así, su intención no es comunicar sus hallazgos intelectuales, ya que sus baterías apuntan a reproducir dicho deslumbramiento en la mente del lector.
Michel de Montaigne en 1571 inventó el ensayo o, más bien, le dio forma e intención pragmática final a un género que ya desde Jenofonte, Aristóteles, Aulo Gelio y Cicerón, existía; práctica escritural que en las épocas de las meditaciones religiosas (recuérdese las reflexiones autónomas de San Agustín) se venía presentando con distintas variantes. Bacon define el ensayo como «meditaciones dispersas»; la definición es precisa al momento de referirse de Escrito en el agua; cual maremágnum el libro presenta un inmenso y casi monstruoso catálogo de estudios sobre un sinfín de autores, un babel de nombres, un dédalo de diversas reflexiones, que van en su primer tomo (dedicado a autores sólo extranjeros) desde Platón, Catulo, Omar Jayyamn, Baudelaire, Trakl, Horacio, Li Tai Po, Hölderlin, Pound, Breton, Aragon, y otros más, mientras que en su segundo tomo (dedicado en su mayor extensión a poetas peruanos y, casi como apéndice, a narradores extranjeros) presenta largos estudios sobre Eguren, Vallejo, o aproximaciones a la obra polifacética de Valdelomar, Peña Barrenechea, Arguedas, Sologuren, Eielson, los cuales conviven con aproximaciones a la narrativa de Maupassant, Lampedusa, Kawabata, Adán, Alegría y Marx Ernst, entre otros.
Suscrito a una visión clásica y estilística del ensayo literario, Silva-Santisteban, en desmedro de las corrientes de teoría e interpretación literaria actuales, deshecha el hermetismo de los códigos académicos y apuesta por la transparencia de la idea, por los inextricables vericuetos reveladores de la intuición, por el siempre generoso historicismo y biografismo, por la hipérbole y el adjetivo luminoso y saltante. Silva-Santisteban asume el ensayo como una empresa prístina, humana, como una simulación de la eternidad (poesía y eternidad es una analogía latente en sus meditaciones) y, por lo tanto, de lo maravilloso. Desea perdurar, sabe que el único camino para lograrlo es a través de la comunicación con los hombres, con las mayorías, difundiendo el mensaje lo más claro posible. Acaso Silva-Santisteban está convencido que el universo de por sí es inextricable, acaso cree que valerse de códigos crípticos aunque intelectuales es repetir lo indescifrable, es un acto perverso cuando no inmoral.
El largo catálogo mencionado anteriormente nos muestra la gran ambición y el vasto conocimiento de Silva-Santisteban. Es cierto que el libro no es una construcción uniforme, elaborado con un fin único, sino un sumario de los artículos y ensayos elaborados a lo largo de su vida cultural (más de 24 años conforme figura en la cronología). De todas formas, maravilla al lector la diversidad de autores tratados y el conocimiento casi cósmico y sensible de cada uno de ellos.
Pero, ¿a qué se debe este ánimo ecuménico?, ¿qué factores entrelazan sus estudios y le dan identidad única? Hay que decirlo de una vez, Silva-Santisteban es sobretodo un difusor cultural. Pocas veces se han elaborado en nuestro país traducciones tan logradas y artículos serios sobre poetas de valía universal como Pound, Breton, Trakl. Pocas veces nuestros intelectuales han presentado traducciones de poemas de Yeats o enterados estudios sobre la poesía mística de Eliot. Silva-Santistebaban, derrocando ese afán localista y patriotero, apertura sin estandartes ni nacionalismos pasatistas nuestras fronteras culturales, más bien ve a la literatura como un fenómeno universal y no como un acontecer exclusiva y castrantemente regional. Sus ensayos sirven para romper esa visión estrecha y miope y, a la vez, engañosamente egocéntrica, que considera que los peruanos sólo podemos tratar temas literarios ocurridos en el Perú. Dicho ímpetu universalista no deja de ser novedoso en nuestra literatura. Para buscar antecedentes al respecto tendríamos que remontarnos a Prada, Mariátegui y Sánchez (uno de los primeros traductores al castellano de La esperanza de Malraux) quienes tradujeron o elaboraron ensayos sobre autores extranjeros contemporáneos. Empero Silva-Santisteban no trabaja con autores contemporáneos sino con poetas consagrados, aunque poco conocidos por estos feudos (por ejemplo: la fama de Trakl es mucha, su lectura es un privilegio de pocos). Y tanto Prada, como Mariátegui y Sánchez tuvieron como principal fin una visión peruanista, dogmática, en algunos casos pan-americana. Silva-Santisteban tiene una perspectiva más flexible, apolítica y totalmente estética; además sus esfuerzos de traducción son más vigorosos y extensos. Con el mismo ímpetu ecuménico de un Borges, con la sensibilidad similar a la de un Octavio Paz, Silva-Santisteban pretende insertar sus opiniones y trabajos en el concierto universal y democrático de las letras.
Pero a diferencia de Borges y Paz, en Silva-Santisteban no hay ideas vertebrales que organicen o guíen sus reflexiones sobre la poesía universal. Si en Borges el idealismo, la paradoja, el criollismo o la idea del texto híbrido (ficción ensayo, ensayo ficción) y, a su vez, su ánimo conservador fueron las enigmáticas isotopías de sus textos; si en Paz sus reflexiones apuntalaban a explicar el proceso de modernidad, el erotismo, la vanguardia y desentrañar los misterios de la sociedad e idiosincrasia mexicana, en Silva-Santisteban no existen esas ideas matrices; es más, al parecer desprecia el trabajar con ejes conceptuales que doten de identidad univoca a sus reflexiones, por lo que sus ensayos carecen de entradas temáticas que organicen a nivel macro el texto.
Empero, un tema es constante y evidente: a Silva-Santisteban le interesa los poetas y, a su vez. la poesía, sobre todo la poesía de ascendencia europea romántica y acaso vanguardista (obvia o desconoce los autores más recientes). Incluso, un autor más exóticos como Omar Jayyam es, como bien se sabe, más respetado en occidente (Europa para ser precisos) que en el mundo persa. Por otro lado, en todos sus ensayos se respira un hálito del hecho poético y de la existencia artística como algo trágico, místico o mágico. Así, a Silva-Santisteban le interesa hurgar sobre el proceso de creación de cada uno de ellos, analizar los avatares de la existencia del creador, por lo que no duda en entregar datos biográficos, históricos o contextuales en su búsqueda de develar el «misterio poético». En esta operación, Silva-Santisteban se dedica a entregarnos información siempre benigna y pocas veces carnal del autor; refuerza la leyenda, pues de esa forma la poesía sigue siendo un «objeto sublime», una «constelación celestia»l. Su rigor de traductor, además, lo lleva a investigar sobre la poética del autor, aunque, claro está, nunca aclara sus fuentes literarias o las difumina dando así la sensación de omnisciencia. Estas ideas son formuladas, como conceptos claros y distintos, en sus ensayos sobre Rimbaud y Yeats contenidos en el primer tomo; el primero de ellos bien puede ser leído como una suerte de simulado auto examen de su ensayística.
Ahora bien, en el segundo tomo del libro, Silva-Santisteban se ocupa de los poetas peruanos, básicamente de aquellos que surgieron en el siglo XX, exactamente en los periodos modernista, vanguardista y en la década del 50. Así, podemos ver que hay un tácito rechazo o aversión a la poesía o narración contemporánea elaborada en el país y a los fenómenos culturales más recientes. Por supuesto, cuando habla de los creadores, tampoco olvida lo que él denomina la «trayectoria vital»; por momentos sus ideas no dejan de ser controvertidas (por ejemplo, cuando propone a Simbólicas como el libro inaugural de la poesía contemporánea peruana). Curiosamente, sus estudios sobre los poetas peruanos guardan un rigor más académico, al colocar citas y datos bibliográficos; y, sin embargo, la lectura y la mirada del ensayista casi siempre son devotas y pocas veces desmitificadoras, por lo que suele recaer en adjetivos grandilocuentes o en frases reiterativas que juegan en contra de sus reflexiones.
Escrito en el agua es un libro que contribuye seriamente al conocimiento de autores tan mencionados pero tan poco leídos. Debemos a Silva-Santisteban correctas traducciones de los poemas de Yeats, Aragon o Eliot, entre otros. Le debemos sus introitos oportunos sobre dichos poetas y sus comentarios sobre las novelas de Kawabata en tiempos de cortedad de miras y despiadada mezquindad intelectual. Silva-Santisteban ha demostrado que el intelectual peruano no sólo tiene responsabilidades analíticas con la literatura de su país. Dicho legado ha quedado ya escrito en la memoria de nuestras letras, en ese manantial oculto, a veces turbio, a veces claro del cual día a día bebemos, el cual día a día integramos.