Mitología privada. La representación laredina en la poesía de José Watanabe.
Edmundo Sbarbaro

Cargado de estos mismos valores existenciales e influido por similares conceptos temporales, se encuentra el poema «Animal de invierno»”:
                       
                       Otra vez es tiempo de ir a la montaña
                        a buscar una cueva para hibernar.

                        Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
                        son como huevos vacíos donde recojo mi carne
                        y olvido.
                        Nuevamente veré en las faldas del macizo
                        vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
                        en tiempos remotos fueron recorridos
                        por escalofríos de criatura viva.
                        Hoy, después de millones de años, la montaña
                        está fuera del tiempo, y no sabe
                        cómo es nuestra vida
                        ni como acaba.

                        Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
                        en su perfecta indiferencia
                        y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

                        He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
                        En este mundo pétreo
                        nadie se alegrará con mi despertar. Estaré solo
                        y me tocaré
                        y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
                        sabré
                        que aún no soy la montaña. (1999: 19)

Para las sociedades arcaicas y tradicionales, el culto a los espacios sagrados está motivado por la relación que tienen, como dijimos, con un «tiempo sagrado». En este poema, se describe «la montaña» como un lugar de características especiales. Como Eliade explica, en la culturas tradicionales las montañas son consideradas espacios sagrados pues se hallan en el «Centro del Mundo»: «(...) toda región habitada, tiene lo que podría llamarse un «Centro»”, es decir, un lugar sagrado por excelencia. Aquí, en este Centro, lo sagrado se manifiesta de modo total, (...)» (1974: 41-43). Ese centro sagrado se encontraba en las montañas o en los montes, y la abolición del tiempo profano y la regeneración de la vida serán siempre logrados al entrar en contacto con estos .

La montaña de este poema se asume como un lugar «especial» al que ese «animal de invierno», pensante y reflexivo, ingresa, con el ánimo de recogerse y esperar determinada consecuencia: un estado privilegiado que lo limpie, que elimine sus rasgos de ser vivo para así «asimilarse» a esa montaña eterna, perfecta e inamovible . Existe el deseo de transitar de una existencia imperfecta a una existencia nueva, una existencia que es también, utilizando palabras de Eliade, «duradera» (la montaña está ahí durante «millones de años») y, en algún sentido, «eficaz», pues la montaña «no sabe / cómo es nuestra vida / ni cómo acaba»; es decir, ella no padece el rigor angustioso de la vida humana. La montaña se describe, de esta manera, como un espacio al margen del tiempo y del dolor humanos al que el poeta se intenta integrar fallidamente.

Constitutivas de las sociedades tradicionales, las prácticas curanderiles son otros de los fenómenos asociados al espacio representado. Aquellas se observan hasta el día de hoy, en mayor medida, en la zona norte del Perú (La Libertad, Lambayeque y Piura). Como lo hace saber Luis Millones, en esta zona se mantiene una concepción de lo sobrenatural muy diferente a las formas religiosas practicadas por la iglesia católica oficial: «Ni católico como Lima, ni ocultando sus dioses incaicos tras el ceremonial cristiano como Cuzco, el norte debió (...) defender su percepción de lo sagrado de manera que resistiese a los incas hasta 1532 y luego a la Iglesia oficial hasta nuestros días» (1994: 9-18). Carlos Elera explica que la etnología utiliza el término shamán para identificar al especialista en la magia curativa que, en la zona nor-costeña peruana, se denomina «curandero», personaje especial premunido de ciertas condiciones psíquicas que lo diferencian de los demás miembros de su comunidad y que, a través de la técnica del éxtasis , establece una comunicación entre el mundo sagrado y profano (1994: 22-23).

            Así pues la práctica del curanderismo y pervive gracias a la creencia de un mundo mágico y sagrado. Veamos el poema «El esqueleto»

Un hueso y otro hueso, los innumerables,
están unidos por el delgado alambre que atraviesa
el canal donde estuvo el tuétano.
Y así cuelga
y yo sólo puedo confirmar que cuelga solamente.
No puedo atribuirle desgano, indiferencia o desdén.
Él ya está libre de esos ánimos nuestros. La carne
                        ya los ha pagado.
Mi amigo lo compró para su didáctica de médico
y es irrespetuoso con él
            por miedo.
Yo lo zarandeo amistosamente
                        al pasar
y mi gesto tampoco lo ofende, sólo se balancea,
            y debiera oírse una alegría,
como la dulce y múltiple algazara
del móvil o quitasueño del niño de mi amigo.
            Mas nada suena
                  y de súbito
        se propicia otro niño:
Dormita enfermo en una cueva abierta hacia la noche
y no oye la algazara
sino el ruido insoportable de sonajas óseas
            y la advertencia
del curandero que grita borracho y aterrado:
Despierta y pelea, muchachito, la puta
de los huesos
ya viene! (1994: 41-42)

En este poema aparece nuevamente el motivo de la «cueva» y la mención simbólica de la «carne» como metáfora tanto del «cuerpo humano» físico como de las sensaciones y afectos propios del hombre. Así, el esqueleto descrito está «libre de esos ánimos nuestros. La carne / ya los ha pagado». Estos versos sugieren la fuerza negativa del tiempo ejercida sobre el ser humano como se lee en «Mi mito que ya no» y, al igual que en este, hay un patrón similar: una primera parte expositiva y una segunda en que se desarrollan las reflexiones del poeta que, en «El esqueleto», está ligada a una vuelta al pasado. Los versos: «Mas nada suena / y de súbito / se propicia otro niño» vertebran ambos tiempos (actualidad / infancia) y espacios (moderno / tradicional), dicotomía explicada líneas arriba. El niño que se «propicia», que se recuerda, está en una cueva frente a un curandero. Conocedor de las estructuras del universo mítico ancestral, la medicina tradicional y la morfología propia de la curación (Polia 1994) —la sonaja, el estado de trance —, este se encuentra «aterrado» frente a la muerte y enuncia una advertencia que se yergue como certera directriz del comportamiento frente a la vida, la enfermedad y la muerte que el poeta aprende desde niño: la conciencia de la precariedad humana y la lucha continua, personal y solitaria con que el hombre debe enfrentar su existencia.

            Este poema establece relaciones con otras prácticas asociadas a las comunidades rurales y el mundo tradicional andino. Hablamos de los métodos terapéuticos conocidos como «limpias de cuy» y de «huevo» extendidos tanto en el contexto andino y norteño del Perú, así como en algunas zonas urbanas limeñas de ascendencia andina en las que los procesos migratorios no han eliminado estas creencias . En cualquier caso, estos rituales de sanación son practicados no sólo por los curanderos, sino también por personajes importantes o centrales dentro de las propias familias , como observamos en los poemas «La cura» y «Mamá cumple 75 años»:

El cascarón liso del huevo
                        sostenido en el cuenco de la mano materna
                        resbalada por el cuerpo del hijo allá en el norte.
                        Eso vi:
                                    Una mujer más elemental que tú
                        espantando a la muerte con ritos caseros, cantando
                                       con un huevo en la mano, sacerdotisa
                        más modesta no he visto.
                        (...)
                        Así era. La vida pasaba sin aspavientos
                                                    entre gente parca, padre y madre
                        que me preguntaban por mi alivio. El único valor
                        era vivir.
                        (...) (1994:39)
                                   

Cinco cuyes han caído
degollados, sacrificados, a tus pies de reina vieja.
Sangre celebra siempre tu cumpleaños, recíbela
en una escudilla
donde pueda cuajar un signo brillante
            además del cuchillo.
La bombilla de luz coincide con tu cabeza dormida
y te aureola: Comenzamos a quererte
                        con cierta piedad,
pero tus ojos
tus ojos se abren rápidos como avisados, y revive en ellos
un animal de ternura demasiado severa.
Tus ojos de ajadísimo alrededor
son el resto indemne
del personaje central que fuiste entre nosotros,
                                                cuando alta y enhiesta
                        alargabas el candil hacia la oscuridad
                        y llamabas susurrando
                        a nadie. Las sombras en el muro y los gatos
                                                detrás de la frontera terrible
                        eran inocentes. Tú, señora, eras el miedo.

                        Cinco cuyes pronto estarán servidos en la mesa.
                        Otros eran los del rito curador, los de entrañas abiertas y  
                      sensitivas
                        que revelaban nuestras enfermedades.

                        Estos son de diente, de presa. No dirán

                        que tú eres nuestra más antigua dolencia. (1994:65)