Mitología privada. La representación laredina en la poesía de José Watanabe.
Edmundo Sbarbaro

(...) cuando llegó el centenario de la migración japonesa al Perú publiqué La memoria del ojo  Cuando vi las fotos que se iban a incluir en el libro, sentí una especie de conmoción que me condujo a preguntarme cuál era mi sentimiento de patria. Y comencé a escribir explorando, buscando esa patria y he llegado a la conclusión de que Laredo es la única patria que he tenido y que el resto de lugares, incluyendo Lima, son sólo lugares de paso (...) Ese Laredo que vive en mi corazón o en mi imaginación es el único lugar donde me siento realmente bien. Cuando digo que el estilo es el lugar donde poso mi alma, pues, mi estilo es Laredo, es allí donde poso mi alma. (Rabí 6)

 

Laredo es el espacio visitado poéticamente, el ámbito fructífero del que se nutre la poesía de Watanabe. El poeta recurre a él por sus personajes, su sistema de creencias y de valores, su imaginario colectivo, su naturaleza evocativa. Las ideas, las intuiciones, dice Watanabe, pueden ser mejor articuladas a través de ese mundo de su infancia: «(...) la sabiduría no está en mí sino que la veo fuera. Ahora, muchas veces, veo cosas en Lima, pero no encuentro la escenografía adecuada para el poema. Entonces, la escenografía la busco en Laredo. Para eso me sirve Laredo, para ambientar muchos de los poemas que escribo» (Rabí 4).

Pero Laredo no sólo es una dimensión escenográfica, sino también cultural, existencial y espiritual cuya representación, tal y como este artículo quiere explicar, sirve de punto de apoyo, a la vez que de contrapunto, para explicar, ordenar y analizar fenómenos estéticos, morales, afectivos e intelectuales que aparecen de continuo en la obra de este poeta.

¿Cuál es la representación que Watanabe hace de Laredo? Debemos empezar explicando que la particularidad de la obra de Watanabe nace de la extrañeza que nos causa esta representación que, en términos generales, plantea un esquema dicotómico; por un lado, el contexto natal del poeta, la provincia; por el otro, el espacio desde donde leemos su poesía y desde donde el mismo poeta la escribe: la ciudad.

Por la manera en que es representado Laredo, este cumple con algunos rasgos que lo inscriben dentro del tipo de sociedades que Lucien Lévy-Bruhl llamó «primitivas» o «inferiores» (1972 y 1974). El término «primitivo» es, asimismo, utilizado por Mircea Eliade pero comparte espacio con el de «tradicional» (1973). Es claro que estos términos no se usan con ánimo peyorativo sino distintivo, en tanto que estudio de orientaciones culturales y mentales diferentes. Sin embargo, prefiero, evitando connotaciones jerárquicas o marginales que pudieran pensarse, llamar «tradicional» a la representación laredina. Por otro lado, con el fin de no trastocar la dicotomía de base arriba descrita, elemento identificador de la obra de Watanabe, llamo «sociedad moderna» al espacio desde el que analizo su poesía.

La diferencia que se establece entre espacios «modernos», como Lima, y espacios «tradicionales» , como Laredo, radica en que en los primeros se le da mayor importancia cultural, debido a la mentalidad lógico-racional que domina los campos del saber, a los aspectos verificables y científicamente contrastables de la realidad; mientras que en los segundos —sin que, por ello, lo anterior deje de tener importancia—, se observa una mayor o igual relevancia y aceptación de las manifestaciones concebidas por la mentalidad «espiritual» y «mágica» o, como la llama Eliade, «mítica», «religiosa» o «sacra» .

El ámbito representado o ficcionalizado poéticamente se nos presenta, al menos en las primeras lecturas, como un espacio irreductible a las influencias del mundo exterior: un espacio completamente «tradicional». Y, a nuestro parecer, este es el efecto que quiere transmitir el poeta: «Sí, claro, [Laredo] es mi Comala. Sí, es una Comala. Y como toda Comala es también un artificio literario» (Rabí 4). Este artificio, o representación poética, es el punto de partida para establecer una visión del mundo donde es clara la oposición, el enfrentamiento o la comparación entre ese espacio ideal de su niñez y los conflictos existenciales de su presente.
           
Uno de los elementos con que se representa la mentalidad tradicional o mítica de los orígenes del poeta es el relacionado con el «mito» . Este término, junto con los elementos espaciales y temporales asociados a él, aparece en varios poemas. Dado este estado de la cuestión, Eliade explica el mito de la siguiente manera:

(...) el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución (1973: 18).
           
Además, la función del mito es la de «(...) revelar los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas: tanto la alimentación o el matrimonio, como el trabajo, la educación, el arte o la sabiduría» (1973: 20). A la vez que el mito ofrece al hombre modelos de conducta en las distintas actividades de su sociedad, confiere también valor a la existencia del ser humano, puesto que gracias a esos modelos el hombre sabe cómo vivir y, lo que es más importante, por qué razones vive .

Asociado irreductiblemente al mito, el tiempo no es, para el hombre de las sociedades tradicionales, homogéneo ni continuo. Se concibe la existencia del «tiempo sagrado» o religioso y la del «tiempo profano» u ordinario, donde se inscriben los actos despojados de significación religiosa. Por medio de ritos, el hombre religioso puede «pasar» de este último al «tiempo sagrado» que es el más importante y que se presenta como circular, en tanto que reversible y recuperable. Gracias a esta reversibilidad, a este eterno retorno mítico, el mundo se santifica y se purifica, es decir, el hombre logra acceder a una nueva vida, sin tachas, sin dolor, sin desgaste .
           
En el poema «Mi mito que ya no» , se hallan algunos de los conceptos hasta aquí observados:
                       

Los esquiladores imponen su fuerza sobre las ovejas,
                        las maniatan
                        y con una tijera les quitan su candorosa metáfora
                                                                                    de nube.
                        Y las ovejas, súbitamente magras y desgarbadas
                                    se arraciman
                        avergonzadas
                        muy avergonzadas
                        y ahora el pescuezo deja ver el triste tragar.

                        Mas aquí el tiempo torna. El mito dice
                        que el tiempo taladra una espiral en la piedra
                                    y allí duerme
                                                y despertará
                        y vendrá
                                    y el vellón de la oveja se habrá renovado
                                                                        y la metáfora.

                        Pienso en lo que a mí me rodea:
                        nada tiene regeneraciones estacionales.
                        Para entrar en el mito del eterno retorno primero hay que morir.
                        No tengo mitos inmediatos.
                                                            Era ella y ya no:
                        el tiempo bajó de su fino rostro a sus finos pies
                                                            y le empellejó todas sus metáforas. (1989:17)         
                       
            Las referencias al «tiempo» y al «mito» son explícitas, pero se observa una diferenciación entre la naturaleza del tiempo de, por un lado, las ovejas y, por otro, del poeta, tiempo este último que es, asimismo, el de un personaje femenino, «ella», mujer avejentada, cuyo cuerpo, que en el pasado era la imagen viva de la juventud y la belleza, se encuentra ahora en un avanzado proceso de deterioro, si es que no ya en la muerte.

El primer verso de la segunda estrofa reflexiona sobre el «tiempo que torna» para los animales. Esta frase nos remite a la idea de un «tiempo circular», refrendada por la frase «El mito dice» y los versos siguientes. La frase «el tiempo torna» y la circularidad implícita en ella está su vez subrayada por la «espiral» que el tiempo «taladra» en la piedra . Se sugiere con esto que este tiempo particular aguarda para luego «despertar», es decir retornar. Hay, pues, una relación con la idea mítica de la regeneración del tiempo. Como vimos, el tiempo presente se aniquila para que el mundo se recree y, con ello, renazcan los seres que participaron del rito de regeneración. En este poema es el vellón el que se «renueva»: «vellón» es sinécdoque por oveja, y por extensión, de todo animal.

La tercera estrofa actúa como desenlace del poema. Si bien el ámbito de los animales se representa inmerso en un tiempo cíclico, no sucede así para el hombre. El poeta piensa en lo que le «rodea», esto es, en su propia naturaleza humana, en la del personaje femenino. Concluye, en principio, que el mito referido existe fuera de él, fuera del campo de acción de su humanidad, y declara que dentro de su radio humano no hay circularidad ni regeneración: su tiempo es unidireccional, su vida finita. Para ratificar esto recurre a una experiencia cercana, su «mito inmediato»: «ella», quien ha sido vencida por el paso del tiempo y sobre la que el poeta proyecta su propio final: la muerte. Asume entonces su naturaleza mortal, su inmersión en el tiempo lineal, profano e irrecuperable.