IDA Y VUELTA DE LA DESESPERANZA
Crónica triste de Madrid, con final feliz

Por Javier Garvich

Pero, como en todas las huidas, cuando más libre te crees más cercano es el momento de toparte de bruces con la realidad. Hartos de la mercantilización absoluta del hecho artístico y desdeñosos de utopías colectivas con poco atractivo, muchos escritores terminaron buscando sus propios caminos de creación y comunicación. Una producción distinta -en el fondo y las formas- emergió desde los lugares más insospechados: el fanzine, la edición independiente, las exposiciones itinerantes, los espacios radiofónicos de madrugada, las salas de las discotecas alternativas, las librerías de cómics y, cómo no, el ciberespacio.

Sus protagonistas son un patchwork interdisciplinario con retazos de diversas generaciones y profesiones -el historiador metido a librero, el oficinista descontento, la fotógrafa sin éxito, el freak erudito, el cineasta de dos cortometrajes, el freelance excéntrico, el ratón de biblioteca que colecciona miniaturas de Star Wars, la azafata de Air Europa experta en Cole Porter, la oveja negra pobre de una familia también pobre, la escritora con manía persecutoria… una fauna a la que, siguiendo la escuela y terminología anglosajona, se les denomina ya bizarros.

Son de izquierda, aunque guardan un gusto perverso por el universo nazi. Sus paladares musicales son diversos (el punk británico, el vintage hawaiano, el lounge australiano) y más radicales que el habitual pop alternativo. Bastante cinéfilos, pasan con asiduidad del cine clásico americano a los films chocantes de John Waters; de la fascinación por los peplums con efectos especiales defectuosos a subgéneros de indefinible calidad como el blaxplotation, el cine de terror filipino o las películas japonesas de monstruos. No son cosmopolitas refinados, dentro de su catálogo estético está el kitsch hispánico y esas ganas desalmadas de reírse de sí mismos. Su revista bandera (está demasiado elaborada como para considerarla solamente fanzine) es la ya legendaria Mondo Brutto, que va por el número 33 y de venderse en puestecillos de feria ha pasado a distribuirse a nivel nacional y a agotarse en las estanterías de ese templo madrileño del libro que es la macrolibrería FNAC.

El teórico de todo este proceso cultural es el escritor y crítico de cine Jordi Costa, de lejos una de las mentes más lúcidas de la península. Él considera que este sector bizarro de las letras y las artes forma parte de un movimiento que es, en buena medida, “un territorio de autodeterminación conquistado, por la fuerza, en los sótanos de los discursos consensuados (…) en medio de la cacofonía de unos medios de comunicación que, pese a su aparente diversidad, solo existen para sedar un paladar medio y funcionan como mero fondo musical en ese Gran Supermercado en que se ha convertido nuestra Cultura”.

Literariamente, este bizarre mainstream, su erudición, su inconformismo y su poderosa curiosidad se ha manifestado en el rescate de géneros olvidados por la cultura oficial: literatura fantástica del siglo XVI, novelas por entregas del novecentismo, el incombustible Pulp de entreguerras (desde clásicos como Kenneth Robeson hasta rarezas como Harry Stephen Keeler, considerado el Ed Wood de las novelas de misterio), escritores de ciencia ficción con discursos más complejos y ambiciosos que el manido Isaac Asimov (Cordwainer Smith, Robert Sheckley) y toda la veta de la literatura fantástica y las weird stories del siglo XX, sea el gran maestro del género Howard Lovecraft, sea el extravagante poeta y satanista Aleister Crowley. Si buscamos cosas más actuales hablamos de una literatura que, por lo general, huye de las primeras filas, tanto a nivel de ventas como de crítica, aunque tampoco hablamos de autoediciones marginales o samizdats. En estos ambientes descubrí al gran Chuck Palahniuk, antes que se hiciera famoso con El club de la pelea. Otro ilustre desconocido admirado en estos pagos es Billy Childish, poeta, novelista, pintor y rockero. Y uno de los libros más voceados al llegar el nuevo siglo fue el sensacional éxito de Michel Chabon Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori, 2002), un canto a la Edad de Oro del cómic, a despecho de que el autor sea un recurrente guionista en el mundo audiovisual norteamericano. Metido en ese mundo apenas si me enteré del éxito de crítica de Laura Restrepo o la adjudicación del Premio Planeta a una penosa novela de Bryce. Había retornado a la literatura viva, a la intensidad de hablar de cosas nuevas y enérgicas. Había vuelto a tener ganas de escribir. Ahora me reía festivo de lo que antes sólo me malhumoraba: hay salida, muchachos. La gente no se vuelve completamente idiota. Los hilos de las marionetas, en el fondo, están en nuestra imaginación.

Cuando regresé al Perú sabía que me esperarían los mismos fantasmas. El mismo círculo de escritores engreídos y pitucos, las odiosas discriminaciones, la idiocia de nuestros medios de comunicación, la sombra del poder dándonos coscorrones con creciente frecuencia. Pero vine a enfrentarlos sin solemnidades ni malhumores. Madrid me había devuelto la divisa: la literatura es un hermoso viaje a la libertad que ha de ser disfrutado. Y yo lo quiero disfrutar. Que renieguen los demás.