UBICUIDAD DE LAS VOCES
José Güich Rodríguez

III

Hacía mucho que la voz delataba su ausencia. Agotado después de largas horas de idas y venidas, tomó asiento en una de las mullidas butacas de las galerías. Tenía la esperanza de que un anfitrión se presentara en cualquier momento para darle la bienvenida. Su objetivo de llegar a la habitación del ala derecha, donde la luz se había extinguido, resultó un fracaso, pues se desorientó en una maraña de pasadizos y escaleras. La casa era infinita o, al menos, esa impresión causaba. Sus únicos compañeros en la travesía habían sido las pinturas que colgaban de los muros, esculturas y otros artefactos que apenas logró descifrar. Aún abrumado por la fatiga, aguardó, pero nadie acudió a la cita. A pesar de todo, distaba mucho de experimentar angustia o desesperación ante sus circunstancias actuales. Si detrás de su larga espera existía una lógica, estaba convencido de que ella revelaría sus secretos mecanismos cuando fuera pertinente.

Un rumor lejano, casi inaudible, lo arrastró a la realidad. Se puso de pie, intrigado, y avanzó en esa dirección. Sin duda, aquellos sonidos sí brotaban de una fuente tangible. Era un hombre mayor, quizás un anciano. Percibía un enfado creciente, pero también un deseo de persuadir a alguien que partía sin remedio. Al final de un pasillo, distinguió una silueta femenina que cruzaba hacia alguna salida. La luz de un día esplendente la bañaba con generosidad, siempre en los dos tonos. Esa intromisión de claridad en una atmósfera de claroscuros lo impresionó. La mujer era la depositaria de los requerimientos del sujeto. Lo verificó con creces al asomarse a esa zona, después de recorrer el largo pasaje. Se trataba de un hombre alto, corpulento, viejo y calvo, cuyo rostro estaba surcado de arrugas. Demolía una alcoba matrimonial con auténtica furia, bañado en lágrimas de odio y resignación. Un dios caído…Las aves del cielo…Otra vez más la indeterminación, la ambigüedad de la voz que nacía de ninguna parte.

IV

La escena del hombre viejo, presa de la ira, resultó tan fugaz como la mujer en ruta hacia el exterior, por fin libre. Ahora, sin tránsitos previos que evocar, se hallaba en una especie de bodega. Como las demás dependencias de la casa, era descomunal. Su mirada no alcanzaba a cubrir los espacios hiperbólicos, en los cuales se amontonaban miles y miles de instrumentos, piezas de arte y rumas de periódicos. Llamaron su atención unas cajas metálicas, redondas, cuidadosamente etiquetadas. Abrió una de ellas; el contenido removió algo en su memoria; palpó delgadas cintas de un material brillante, enrolladas sobre un carrete. El automatismo guió sus movimientos. Extrajo una de las bandas y, sin saber por qué, la examinó contra una de las lámparas. Ahí descubrió el paraje exterior, la enorme puerta de entrada con la K en la cima, y en la que campeaba un cartel amenazante: «Prohibido el paso». La imagen se repetía decenas de veces, con mínimos cambios entre uno y otro fragmento. Luego, reproducida en abundancia, la boca del hombre viejo murmuraba sonidos enigmáticos y una esfera de cristal caía al piso, agitando pequeñas bolas en suspensión; al fondo, se distinguía una cabaña en miniatura. Y alguien cubría el cuerpo después de acomodar las grandes manos sobre un pecho de toro.

No soportó más; dejó la banda en la caja, con el corazón desbocado. Comenzaban a revelarse muchas claves ocultas. Había reconocido la palabra pronunciada por el hombre desarticulado en esos fotogramas. Él había creado ese mundo, y a ese sujeto, al que había visto fuera de sí cuando despedazaba un dormitorio, y luego agonizante, segmentado en los minúsculos cuadros de la película. El verdadero amo del paraje, cuyo nombre lo sacudió igual que una bofetada, era él y nadie más. Presenciaría por toda una eternidad su creación desde las mismas profundidades; no solo eso: moraría dentro de ella, dueño y a la vez prisionero...Amo de Xanadu…Charles Foster Welles…K…Kublai Kane. Luego recordó el trineo abandonado a su suerte, como un trasto sin ninguna relevancia; vio el horno abierto dispuesto a recibir en sus fauces al modesto juguete.

La bodega se diluyó, junto a todo lo que atesoraba. Retomó su vagabundeo entre las jaulas de las fieras y los estupendos lagos artificiales donde reposaban góndolas. Ya no había dudas; asumió sus potestades de landlord con serenidad. Esa voz omnipresente era la suya. Ya no habría sorpresas cuando el hombre viejo y calvo rogara, y la mujer se alejara para siempre. Porque él, de algún modo trágico y secreto, también era ese viejo corpulento y desesperado, presa del pánico ante la inminencia del abandono. Era él quien desharía, por siglos y siglos, los átomos de esa habitación matrimonial. Era él quien contemplaría mil, un millón de veces, la chimenea de Xanadu y el humo denso, secuela de la muerte de un trineo llamado Rosebud. Él se aproximaría por edades enteras a la increíble puerta de hierro coronada por la K, que se perfilaba contra un cielo siempre gris… Las aves del cielo…los peces del mar…los animales de la selva…