UBICUIDAD DE LAS VOCES
José Güich Rodríguez

I

Las aves del cielo…los peces del mar…los animales de la selva…Por más combates que entabló contra la duda, no había identificado esa voz. Parecía nacer de todos los rincones y de ninguno en particular. Buscando su origen, se acercó a la inmensa puerta de hierro -culminaba en una letra K maciza- que permanecía cerrada con enormes candados y cadenas. Salir era improbable, a menos que se decidiera a escalar, como si fuera uno de los extraños simios que custodiaban la entrada y miraban a su alrededor con expresión de asombro, encaramados sobre barras de acero. Solo estaba seguro de que esas palabras no provenían del nebuloso mundo exterior. Dueño de esa certeza, vagó por horas entre las jaulas, los estanques, las embarcaciones y los parques. La propiedad era inmensa, realmente inabarcable. El dueño estaba obsesionado por la acumulación de fieras, animales silvestres y especies vegetales de variada procedencia. Además, había alterado el normal transcurso de los ciclos naturales.

Después de la caminata, decidió retornar sobre sus propios pasos en dirección contraria al desmesurado portón…Los peces del mar…Al aproximarse a la casa, erigida sobre un promontorio rocoso, una impronta de familiaridad lo animó a proseguir. A la distancia, era muy complicado hacerse una idea cabal de las verdaderas dimensiones del inmueble. Se asemejaba a un castillo o a un palacio, pero no era ni lo uno ni lo otro; incluso, ostentaba cierto aire de proyecto inacabado. El constructor había dispuesto que la heterogénea edificación fuese visible desde cualquier punto de la propiedad. ¿Por qué ese anochecer se prolongaba tanto? Cuando la distancia entre él y la mansión ya era razonable, distinguió una lámpara encendida en lo más elevado del ala derecha. Destacaba con apabullante nitidez en medio de las sombras que la sobrecogedora estructura generaba en torno de sí. Era la única habitación donde se distinguía una presencia humana. Por su ubicación, que debía permitir una vista magnífica del paraje y sus contornos, dedujo que ahí moraba el amo de aquel reino.  De improviso, el haz que lo había reconfortado desapareció. En ese instante, la voz envió sus modulaciones graves… Los animales de la selva…obras de arte de todos los confines de la tierra…el costo: nadie lo sabe…Kublai Khan.

II

Una vez en el interior del exuberante edificio, mezcla de incontables estilos, deambuló entre corredores y salones con piso de mármol; estos últimos carecían de atributos funcionales: podrían haber fungido de salas de estar, salas de juego y hasta de suntuosos comedores. Los ambientes estaban saturados de piezas de porcelana, esculturas y pinturas en un número tan grande que un inventario supondría una tarea inútil. ¿A quién se le había ocurrido semejante empresa? Sin duda, el recolector albergaba una fiebre por las posesiones. Quizá sus propósitos fueron insondables; por ejemplo, que el recinto y sus alrededores se convirtieran en una representación del mundo. El asunto, sin embargo, medraba en un umbral de conjeturas. Nuevamente el rumor de aquella voz ubicua lo acompañó en su soledad. Concebir la existencia del palacio sin su concurso ya era absurdo…Lo que enfrentan al final todos los hombres…Había notado que los objetos y la sucesión de salas solo mostraban dos tonos, blanco y gris, sin ninguna riqueza o alternancia de matices… «Prohibido el paso».