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Un empleado público
José B. Adolph
También esas cosas las tengo grabadas y las escucho cada cierto tiempo.
Ese instructor, al que llamábamos doctorcito, me daba buenas notas. Y me decía, fuera de clase:
«Nunca olvides que eres cristiano.»
Y me apretaba cariñosamente el hombro. A veces me recuerda a mi padre.
Con él aprendí que (frase suya) «el bien está más allá de las contingencias». No sólo era sabio sino que también era buena gente. Si hubiera más hombres como él, otro sería este mundo.
Nos hablaba de las cruzadas, del terrible trabajo de la Inquisición, «una pesada y dolorosa carga para esos jueces a quienes Dios impuso el lastre de defenderlo».
Nos hablaba de las mil batallas de la Iglesia contra los infiltrados de Satanás: los nestorianos, los cátaros, los gnósticos. Y contra los herejes y subversivos: los judíos que se niegan a ver la luz que nos trajo Jesús, los masones y protestantes que cuestionan la autoridad, las sectas infames y extremistas, esos antepasados de los terroristas con sus trapos rojos. En fin.
Pero yo le preguntaba qué pasaba cuando teníamos que trabajar con algunos de ellos.
El doctorcito se sonreía y aprobaba.
«Buena pregunta», decía. «Aprendan del teniente.» Y añadía:
«¿Se acuerdan que les hablé de Zoroastro, ese antiguo profeta persa que fue el primero en predicar que el mundo es una permanente batalla entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal? Bueno, la guerra es permanente, pues. Y nosotros somos actualmente los soldados de la Fuerza de Mazda, de la luz. Y la guerra, como la política, exige aliados transitorios. Si podemos lograr que unos demonios nos ayuden a derrotar a otros demonios, ¿qué más queremos?»
También eso lo tengo grabado, para escucharlo una y otra vez y aprenderlo de memoria. Para eso sirve ser culto. Para comprender, como decía el doctorcito, que «las pequeñas y grandes miserias de nuestra guerra no son sino incidentes o accidentes», como la grabación que ahora recorro con esa mezcla de asco, de compasión y de triunfo que siente todo soldado decente ante el enemigo caído. Ah, si este mundo estuviera consagrado al amor entre todos los seres humanos, como quería Jesucristo, a la cultura, al respeto mutuo, todo este terrible trabajo que hacemos sería innecesario. Que nos paguen, bien o mal, y que tengamos algunas gollerías es en realidad reconocer nuestro sacrificio.
«Hay y habrá algunos», decía también el instructor, «que gocen con este trabajo. No los critico, pero en ese caso hay que tomar precauciones, como trabajar siempre en pareja, con un jefe presente que sea objetivo, porque ese gozo puede ser contraproductivo ya que a menudo distorsiona los resultados. ¿Qué pasa si el sujeto muere por nuestro exceso de entusiasmo antes de brindarnos información útil, por ejemplo? ¿O si, inconscientemente, se establece una relación de mutua dependencia que puede ser esclavizante para uno y otro? Buscamos eficiencia, no el placer individual.» Pienso en algunos de mis compañeros, en el bulto detrás de sus braguetas. Meneo la cabeza. Ellos pierden la suya. Y hay los que se quiebran, lloran como maricones y terminan con asistencia psiquiátrica. Para mí que son una vergüenza para la institución, pero pienso después que no todos son como yo, verdaderos hombres, verdaderos líderes, si se me disculpa la inmodestia.
Yo no siento placer alguno cuando trabajo. Tampoco disgusto, llanto o insomnio. Es un trabajo y punto, y es el objetivo lo que cuenta. No me interesa la batalla sino la guerra. En realidad, somos empleados públicos. «El pueblo nos paga por defenderlo», dijo el doctorcito.
Pero también somos algo más.
Somos misioneros militantes y cruzados. Extirpamos idolatrías, aplicamos antídotos.
La mayoría de mis colegas no entiende estas cosas. Actúan como zombies, como quien se lava los dientes sin pensar (yo, cada vez que me lavo los dientes, pienso en las caries que evito). Son superficiales; los llamo mascadores de chicle. Tengo un buen sentido del humor. Pero me cuido de hacer tales reflexiones en voz alta. Alguna vez conversamos sobre esto el doctorcito y yo. Con el afecto de un padre me explicó que hay los llamados y hay los escogidos: «Tú estás entre los escogidos», me dijo. «Estás preparado para grandes cosas, para no ser un soldado más sino un jefe. Tú sí sabes de qué se trata.» Pero también me dijo: «Guárdate esto para ti y trata siempre a tus futuros subordinados con tolerancia y generosidad. Recuerda siempre que entre los valores más altos está la solidaridad.»
Sí, Dios, Patria, Familia, Solidaridad. Y hasta amor y compasión por los enemigos que derrotamos, ¿por qué no? ¿Qué importan el dinero, las ventajas? No es por eso que me sacrifico, que hago horas extras, que afrontaré ciertos reproches que ya preveo. Soy un idealista, un hombre dispuesto al anonimato, a que no se conozca ni reconozca jamás mi contribución. ¿Quién recuerda hoy los nombres de los miles, no, de los millones de combatientes anónimos que tuvieron que ensuciarse las manos en esa tan larga guerra entre el bien y el mal? Ni el silencio ni las calumnias -ni la compasión, ese hermoso sentimiento que puede debilitar, esa trampa del diablo- detuvieron nunca la sagrada guerra que heredamos y que nuestros descendientes continuarán hasta la victoria final.
«Por eso eres diferente», me dijo, conversando en un café, el instructor. «Por eso te vigilo especialmente.”
Me sacudo de mis reflexiones y vuelvo al trabajo de hoy. Creo que esa mujer ya está quebrada. Escucho la grabación, evalúo. Calculo mis posibilidades. Me parece que bastará un ajustón más. Sonrío. |