Un empleado público
José B. Adolph


Quienes me critican no conocen el significado de la palabra lealtad. Tampoco el de sacrificio.

            Tendré mis defectos, como todo el mundo, pero provengo de un hogar en el que Dios, Patria, Familia, en ese orden, son el eje central de una formación humanista.

            Y son precisamente esos los valores que toda mi vida he defendido, quizás pecando por exceso pero nunca por omisión.

            Por eso hablo de lealtad.

            Y de sacrificio.

A veces se requiere de sacrificios en los métodos para preservar los verdaderos fines.

            Reflexiono sobre todo ello, sobre lo difícil que es la vida para los que honramos nuestros principios -aun a costa de limitar nuestra vida personal- al volver a encender la grabadora. Allí está todo: la basura y el éxito: la condición humana, que le dicen. Escucho con cierta satisfacción que no es ni horror ni placer.

            Nada más hermoso que sobreponerse a la desgracia, al sufrimiento y a la náusea. Poder trabajar tranquilo.

            Escucho la grabación y pienso muchas cosas: en que logré doblegar al enemigo, en mi mujer y en mis hijos -en última instancia trabajo para ellos-, en cosas delicadas que me ocurrieron en mi vida.

            Por entre los gritos y llantos de la grabación me veo más joven, jugando fútbol con pelota de trapo, tomando cerveza con los amigos del barrio, esas cosas lindas que forman al hombre. Aunque siempre he sido más bien bajo y delgado, me sobrepuse cultivando mi físico. Primeros amores, mujeres de toda clase. Mi padre, severo pero justo, que no tenía problemas para corregirme. Una madre dulce y buena, tan callada ella, tan de su casa, que veneraba a mi padre. Claro que a veces discutían, más él que ella, naturalmente, porque está en la naturaleza de la mujer respetar al varón. Pero en estas cosas no quiero insistir demasiado, salvo para decir que recuerdo con nostalgia esos tiempos en que todo era más claro. Todos tenemos un pasado, bueno y malo. Ahora que mi trabajo me aísla, a veces me escapo de mis preocupaciones para visitarlos. Me pesa que no pueda ser más a menudo. También echo de menos las amistades de entonces, verdaderas amistades entre hombres, sin mariconerías, a veces a la bruta, como debe ser, pero siempre con cariño y respeto. Me encantaba ser el líder de nuestras pequeñas mataperradas. Y, no crean, me gustaba leer cuando podía: periódicos, historietas, algunos libros. Siempre me fascinó la lectura, a pesar de mi vida tan activa. Y pensaba en el sentido de la vida. Nunca he despreciado al hombre que piensa y que no vive sólo para el momento. Otra cosa son esos pelucones sin hormonas que no creen en nada. Odio a esa gente vulgar que habla lisuras delante de damas. Pero lo que más odio es el cinismo.

            Me concentro en la grabación. Oigo que dice algo entre hipos. Anoto ciertos datos. Vuelvo atrás la cinta. Los hipos no dejan oír bien.

Cualquiera que simplemente escuche esta grabación, sin saber lo que está en juego, tendrá una imagen equivocada, como decía mi instructor. Y yo no quiero que se tenga una imagen equivocada, ni sobre mí ni sobre mi trabajo.

            Ese instructor se pasaba. Un hombre culto. Nos metía libros. Nos hablaba no sólo de psicología, que era su especialidad, sino de filosofía, de literatura. Decía: «bagaje cultural».

            «Cuanto más ha leído un hombre», decía, «cuanto más culto es, más preparado estará para desempeñar su papel en el teatro de la vida. Hay quienes creen que ciertos trabajos es mejor encomendárselos a operadores medio brutos. A lo mejor antes era así. Ya no. ¿Para qué quieren músculos de rambos si existe la química, si trabajar es apretar teclas o hacer click y usar los sesos?  Para unos golpes bien dados no necesitamos tarzanes.»