Antiguo resplandor
José Cabrera Alva.
Canciones antiguas.Lima: Editorial San Marcos, 2004.

Selenco Vega

José Gabriel Cabrera Alva (Lima, 1971) es uno de esos poetas que, a contracorriente de la mayoría, evita los amagos parricidas en sus textos. Sus poemas se caracterizan por un uso más bien llano del lenguaje; hay en ellos un empleo sobrio y contenido de metáforas, sinécdoques, metonimias, etc., imágenes que transmiten una emoción, no calculada, pero sí ponderada y próxima a la reflexión, en los lectores. Es lo que sucedía en su primer poemario, El libro de los lugares vacíos (Lima, Dedo crítico, 1999). Allí, Cabrera presentaba una propuesta unitaria, donde cada poema enriquecía a los otros y era, a su vez, alimentado por ellos, en una suerte de vasos comunicantes con un objetivo concreto: ir a la búsqueda de la sabiduría por medio de la contemplación y el equilibrio.

Canciones antiguas, su segundo libro, posee nexos de estilo y de composición con su poemario anterior. Como El libro de los lugares vacíos, no se encuentre dividido en secciones. Se trata de un conjunto de 26 poemas, más un texto introductorio y un post scriptio. Todos los textos son breves (el más extenso, "Conversación con Loyang", apenas alcanza los 19 versos), y están escritos, indistintamente, en arte mayor y menor.

Canciones antiguas, desde su propio título, remite a los lectores a una tradición perdida, la de las composiciones a una amada ideal, tan perfecta como irrecuperable en el tiempo. Y ocurre eso: aquel que dice yo en los poemas se dirige incesantemente a ese interlocutor, la mujer, la amada, ese ser tan entrañable como diáfano, de tacto sensible, o incluso evanescente, tan intensa como feroz: <<Delicado el maquillaje / y el rubor de tu boca / apenas contornos blancos / con un toque de sepia / Agradable al tacto / como las ciruelas / Pero de tan cruel mirada...>>(p. 15).

Los vínculos que pretende establecer el poeta con la tradición son claros y aparecen desde los primeros versos. A diferencia de muchos poetas jóvenes (más que jóvenes, habría que decir cándidos o insensatos), Cabrera es conciente de que, en poesía, la originalidad absoluta no existe, ni en estilo ni en temática. En vez de regodearse en amagos parricidas infructuosos, el poeta establece un diálogo interesante con muchas vertientes poéticas tradicionales. El propio texto introductorio remite al inicio de la Odisea, sólo que, en vez de la musa, es la donna aquella que otorga la facultad versificadora al poeta: <<Háblame donna / del vestido correcto / para entonar unos cuantos versos / que te rediman de la muerte / Resucitemos así / con lozana fragancia / del cilicio del tiempo y el paso de los años / pues tu perfume ya no está aquí / y por todo eso siento gran congoja>> (p. 7)

Tiene razón Wáshington Delgado cuando afirma que los poemas de este libro trasuntan un antiguo sentimiento, un temblor espiritual que aparece como una onda cálida, pero movida por una voz reciente. Hay una conciencia en el yo poético que lo hermana con una visión clásica, esa que creía que todo tiempo pasado fue superior a cualquier tiempo presente. En Canciones antiguas, esta concepción nace de una seguridad evidente, por parte del yo, en el deterioro de su época, un deterioro irreversible, y frente al cual sólo vale oponer la fuerza de un pasado ideal: <<Pues es esta una edad de descenso / inclínate con cautela / hacia mi comarca perdida / donde en otro tiempo / habitaron los dioses / e hicieron fiestas sagradas / que hoy yacen en olvido>> (p. 9).

En este contexto doloroso, de pérdida, los elementos que pueblan el libro se constituyen en signos que permiten al poeta restituir -no siempre felizmente- la visión del pasado que fue, en especial la de la amada: <<Las manchas en la pared / suelen parecerme / extraños fantasmas / de la que un día fuiste>> (p. 19), <<Acaso tu recuerdo / sea ahora más tenue / como una máscara blanca / que se posa en la nieve>> (p. 57), o estos otros versos, que dan título al libro:<<Recostado en la hamaca / observo las plumas de los mirlos / y recuerdo canciones antiguas>> (p. 21).

Todos los referentes del libro (laúd, cedro, boj, cernícalo, manzano, laurel, comarca, aldea, bambú) ayudan a reforzar la idea de un poeta de mirada actual, pero situado (senti)mentalmente en un tiempo antiguo, donde elementos y cosmovisiones estaban atravesados por un halo de orden y belleza ideales que, por desgracia, nuestro tecnificado siglo está muy lejos de poseer.