Epístola a la muerte de los cerdófagos
Ronaldo Menéndez
De modo que esto es la muerte.Toledo: Ediciones Lengua de trapo, 2002.

Kerberethrou

Y sí pues. De modo que esto es, señor R.M. La barrera contra el mundo que nos envuelve, el acto de reconocimiento y de comunicación absoluta. E incluso de ecuación, aunque sepamos que sólo lo igual se encuentra entonces verdaderamente, pues en lo suyo hay tanta voluntad por anudar y galvanizar como en uno mismo por inquirir y/o presentar las armellas por separado. Y entonces, no propiamente como una igualdad que contiene incógnitas, quizá más bien como el enfrentamiento de lo equivalente o, si se quiere, la inversión, la esfinge negra quita sus patas de la caja que ya extravió su semblante-pandora para ser la caja china desconocida, esa que, desplegada como rosa-viento por armas sutiles y punzantes, se abre, sí, pero esta vez hacia adentro. Y en un doble entonces, que entronca el hambre, no con la saciedad, sino con el otro hambre, el mayúsculo, ésta muestra lo suyo en un, en primera instancia, doble juego de abanicos, pues así podrían ser los ojos que se advierten en su fondo, pero también (de modo igual o parecido) aquellos recogidos en nuestros propios platos dispuestos a la mesa. ¿Cuán servidos (como el agua sucia o las aguas subálveas) se requiere que sean esos ojos para satisfacer y engrandecer al comedor? Múltiplo al leerlo, señor R.M., uno va prendiendo cada uno de los convites a la parte de nuestro cuerpo rasgado o arrancado por el ejercicio meticulosamente deshuesador de su palabra. La voluntad mística de integración en lo Uno sale. Sólo un sol en la boca queda. Degustadores de manjares selectos y del dizque abismamiento amoral en lo perverso, dada nuestra condición de cerdófagos, asistimos a sus emanaciones imagísticas. Y es menester ingresar de lleno a ese adversario del silencio que es la hondura de la caja, violentando sus compuertas y degustando sus aristas, para aleccionarnos con los ojos ahí avecindados. En un claro signo de ambivalencia, su extrema multiplicidad, amén de una invitación a la virtualidad y a la simiente, tiende al entenebrecimiento de quien se asegura tales órganos, o los dispone, cual emblemas, a lo largo de su cuerpo-libro. Porque es claro que los ojos, licenciados de su comando original, ahora disueltos sobre otra entidad, pero autosuficientes en la lectura de su propia carnosidad y de la otra u otras, y en una actitud de canibalismo doble, perfilan y definen lo mirado: suerte de migas o, en este caso, retazos de lo visto, que, como en el cuento infantil, se van regando para hallar o reconfigurar el camino de regreso a casa. Sólo que aquí no hay casa, a la manera de una recompensa, hay hambre. Y hay una saciedad que sólo se avizora como una isla esencial, y donde la literatura -enhebramiento de las palabras, dosificación de las emociones, consideración por las formas, sistematización de las miradas, enajenación de los sentidos-, nos nutre plácida, fervorosa pero sobrecogedoramente de todo lo incierto (y a la vez prístino) que la insatisfacción provee. De una primera sección del cuerpo del animal beneficiado, en la que el hambre es un hambre liberado -círculo de la izquierda de la mandorla, región de la materia, dominio de lo somático y visceral, con inclinación hacia la insatisfacción orgánica más pueril, malentendiéndose degenerada- a otra en la que el hambre -vorágine de permanencias, sedimentación de ausencias- sigue estando ahí -círculo de la derecha de esa misma mandorla, región del espíritu, ámbito no de la negación de la presa entre dientes, sí de la asimilación discreta de un pensamiento igualmente mordaz, pero ahora irredento, nauseoso y fisiológicamente perturbador en la medida de su afán regurgitador, no vomitivo, de recusamiento orgánico en lugar de liberación abierta y explosiva-, este libro-víscera, como en la montaña doble de Marte, comporta también ese sacrificio perpetuo que da aire, sangre y fe a la fuerza creadora por la doble corriente del ascenso y el descenso (aparición, vida y muerte, evolución e involución). No resulta entonces extraño el caso del señor R.M., en la medida de A o Valdemar. Por la vía de la exposición, de la estratificación en hombres y cerdos, el señor R.M. hace, en primer término, lo que le ha sido dado hacer: concibe estancos y ghettos, disemina racismos, foetea al amor y sus pócimas, promueve dev-oraciones non sanctas, sobrevuela la isla y coloca certezas bajo su piel reptilesca. Los hechos en el caso del señor R.M. van más allá. Su hipnosis reclama de nosotros un uso del tiempo distinto, una especie de reloj embotado. Nos dice: la muerte apremia. Sin embargo, a pesar de él o a sabiendas de él, estamos nosotros. La intuición merodeadora, el autoconvencimiento de la inminencia. Como el cerdo, como el hambre, como el cerdo-hombre o el hombre-cerdo, o como el hambriento que posterga su hambre o su muerte para decir: Y sí pues. De modo que esto es la excelencia, señor R.M.