Heridas en la memoria
Félix Huamán Cabrera.
Candela quema luceros.2da. edición.
Lima, Editorial San Marcos, 2003.

Víctor Quiroz

El problema (lo Real) surge cuando se devela la falla en el marco comprensivo del Otro que estructura la red simbólica a la que pertenecen el juez, el subprefecto y el comisario: aquellos códigos que comparten los miembros de la comunidad de Yawarhuaita que se resisten a ser simbolizados por el Otro aludido. El levantamiento de la comunidad es la causa explícita de la matanza pero ello indica que se ha asumido que el otro goza demasiado y esto es insoportable para las autoridades mencionadas ya que, desde su perspectiva, todo se debió a una burla de los comuneros. Para ellos, la comunidad encarna a la Cosa: lo insoportable, lo imposible, lo prohibido. De esta manera, la escritura no solo margina las demandas o acusaciones orales de los comuneros sino que se configura como una tecnología al servicio de la represión, ya que es utilizada para destruir a la comunidad, tal como se evidencia en el parte policial enviado a la capital: " 'Pueblo de Yawarhuaita se rebela contra el gobierno y las autoridades. Cientos de campesinos toman la provincia y dan libertad a los presos. Urge envío inmediato de refuerzos bien armados para sofocar la desobediencia, y controlar la situación y hacer respetar las leyes.' Firmado: Juez, Fiscal, Subprefecto, Alcalde y Oficial" (183).

En este texto se revela la cara perversa y obscena de la ley entendida como el crimen universalizado. En este punto aparece la oposición entre el discurso público y el discurso secreto. En el primero el Estado ("gobierno") lucha contra aquellos a quienes configura como subversivos, aquellos que amenazan la paz, la unidad y el orden establecido. El segundo (el reverso y la condición de posibilidad del primero) está formalizado en el mundo representado de la novela: es el discurso de la violenta represión que permite transgredir las leyes y los derechos humanos para proteger a la Nación, discurso que todo el mundo conoce y teme pero del cual no se puede hablar públicamente (Slavoj Zizek. Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político. Buenos Aires, Paidós, 1998).

Los personajes se debaten entre una muerte real y una muerte simbólica. Esto se articula con el proceso de recuperación o liberación de memorias (cuyo correlato es el desentierro de los muertos) que cuestionan el discurso público y la historia (o versión) oficial de los hechos. Cuando Cirilo encuentra a Gelacho se dirige a él verbalmente culpándolo por lo sucedido. Luego, en el siguiente capítulo (III), se quiebra la verosimilitud del relato puesto que Gelacho toma la palabra: "con el rostro así desecho no siento que Cirilo levanta mi cabeza y me habla, dice que me llevé sus bueyes, pero yo no fui (...) Cirilo, no te confundas"(33). En este caso, en el plano del enunciado, no hay diálogo pero en el plano de la enunciación Gelacho responde a la interpelación y a pesar de la imposibilidad de comunicación entre ellos, Gelacho logra instalar su testimonio, su verdad, en este plano venciendo las fronteras de la vida y la muerte ya que él está vivo simbólicamente y habita en el mundo de los signos. En Cirilo se da el proceso inverso: es un muerto en vida ya que solo ha muerto simbólicamente. Exterminando a su comunidad lo han matado a él puesto que ya no pertenece a ningún grupo ni a ningún lugar: es un Waqcha. Sin embargo, debemos precisar que Cirilo muere simbólicamente en el momento en que ya no puede negar más lo Real, cuando esto se introduce de manera monstruosa: una vez que desentierra a su familia.

Finalmente, se cuestiona la capacidad y la representatividad de la comisión asignada para investigar esta matanza colectiva ya que esta no incluye a los involucrados (partícipes directos o testigos) entre sus miembros y solo está conformada por sujetos (letrados) que silencian las voces y las memorias de las víctimas: "... la comisión que ha venido a investigar los sucesos dice: en Yawarhuaita no ha quedado nadie, sólo un loco que no informa nada" (189).

La totalidad solo puede ser concebida imaginariamente. Lo imaginario debe velar el vacío inherente a toda estructura, ese lugar que alguna vez ocupó un elemento que debió ser expulsado para permitir que los demás se articulen en un sentido determinado.

En la novela esta premisa se articula al silenciamiento de memorias (voces) que intentan socavar el discurso (o la historia) oficial. También se vincula a la falla en la construcción de la Nación en tanto comunidad imaginada que sutura la expulsión del sujeto subalterno ya que el Estado opresor pretende exorcizar sus demonios con el exterminio de quienes encarnan la falta y el fracaso en el proyecto moderno. En el plano ideológico, esta obra se opone a este discurso autoritario, develando la ausencia en la dimensión estructurante de la estructura, el vacío en la totalidad.