Heridas en la memoria
Félix Huamán Cabrera.
Candela quema luceros.2da. edición.
Lima, Editorial San Marcos, 2003.

Víctor Quiroz

El conflicto armado interno ocurrido en nuestro país ha dejado incurables heridas en nuestra memoria. Parte de esta catástrofe social (sobre todo el papel de la etnicidad y la violenta represión por parte de las fuerzas armadas) sirve como referente para el aterrador mundo posible que nos propone Félix Huamán Cabrera (Canta, 1943) en Candela quema luceros.

Precede al relato un texto denominado "Palabras para José María Arguedas" con el que establece un diálogo a nivel temático y discursivo. El enunciador de este texto busca el reconocimiento de dos figuras paternas. Por un lado, demanda al Otro (Estado) una solución a los vejámenes sufridos y, por otro, busca validarse como un sujeto capacitado para denunciar dichos actos de represión apelando a la figura de José María Arguedas, su padre ausente.

Si bien se presenta explícitamente a Arguedas como "hermano" (como un otro) postulamos que, en el discurso latente, se le configura como un padre portador de una voz autorizada para representar su problemática. Asimismo el locutor reconoce la capacidad de Arguedas para rebatir los argumentos discriminadores asignados por el Otro, los cuales actualizan el tópico indigenista del enfrentamiento entre un NOSOTROS y un ELLOS. Además, si estuviese presente, este padre podría denunciar el abandono de su comunidad, y, perlocutivamente, lograr que el Otro interlocutor solucione este problema: "No sé si a buena hora te fuiste, pero si volvieras / (...) / arreglarías el grito los falsos, / de aquellos que nos dicen ignorantes, engañados / retrasados, / para decir que nos hemos muerto solos, con nuestros / propios gusanos, / que en nuestra soledad nos condenamos" (11).

Pero esta apelación al padre ("Arguedas nuestro",9) no es sino una forma de validación (por filiación) del locutor quien se identifica imaginariamente con él: Arguedas es el yo ideal del enunciador. Este desea ser el sujeto (d)enunciador de los actos violentos sufridos por la comunidad a la que pertenece: "No me explico porqué vino de esta manera la maleza con / metrallas, con balas y con botas ... / Y dicen que son patria, que defienden las leyes, / la nación peruana. / Pero si en la escuela el maestro Ricardo nos decía que el / Perú era cada sitio donde Pedro, Viscencio, María vivían" (10).

Solo en este fragmento el locutor expone la falla estructural del Estado-Nación moderno: paradójicamente, aquello que marca el fracaso de la modernidad (el exterminio de personas por medio de la ciencia y la tecnología) es lo que garantiza el orden del Estado-Nación, de la "patria".

Por otro lado el hablante condena al Otro por manipular, distorsionar y silenciar la información: "Que engañan diciendo que en Uchuraccay el pueblo había / matado a sus propios hermanos, / (...) / ¡Qué tal maldito, hermano! / Y así quiere ser cantor del pueblo" (11).

En este caso es evidente la alusión a Mario Vargas Llosa quien presidió la comisión que "investigó" la matanza de los periodistas en Uchuraccay.

Finalmente, en tanto que el reconocimiento de Arguedas proviene fundamentalmente del Otro (la academia, la ciudad letrada) podemos postular que este significante (Arguedas) es un medio para que el locutor dirija su demanda al Otro: "Disculpa, José María, por no llorar he escrito, pero las lágrimas me / ganan con cuanta rabia al ver cadáveres y niños sin nombre en nuestra / tierra peruana" (12).

Esta escritura catártica quiere dar testimonio sobre aquellos que no son reconocidos (o son marginados) por el Otro: el Estado-Nación peruano. De esta manera, el enunciador asume la responsabilidad de solucionar la situación de orfandad del NOSOTROS: asume la falta del Otro.

Candela quema luceros cuenta la historia de la matanza de la comunidad de Yawarhuaita por parte del ejército peruano a causa del no entendimiento / reconocimiento entre dos semióferas culturales: una de raigambre andina tradicional y otra de carácter occidental encarnada por el juez y el comisario. Esta imposibilidad de diálogo es, en esencia, el origen del conflicto: Mientras que los comuneros de Yawarhuaita denuncian el asesinato de un ente mítico (la niña Sarapalacha) por parte de un habitante de otro pueblo (Gelacho), las autoridades mencionadas tomaron la acusación de manera literal (creyeron que se había matado a una niña). Al llegar al lugar del crimen (una cueva) y no encontrar el cuerpo del delito (ya que no entendían por qué los comuneros señalaban como víctima a una piedra) estos asumieron que se trataba de una burla y apresaron a los dirigentes de la comunidad. Ante el fracaso de la comunicación, el pueblo se levanta en armas, se libera a los dirigentes y se pretende castigar al asesino. Al enterarse de la insurrección, las autoridades envían un parte policial a Lima que tergiversa los hechos con el objetivo de pedir "refuerzos bien armados para sofocar la desobediencia" (183). Se efectúa la matanza pero queda un sobreviviente, Cirilo, quien empieza a desenterrar a las víctimas de la fosa común. Finalmente este es ninguneado (tomado por loco) por la comisión que investigará el hecho.

En la novela, la fosa común remite a la idea de "agujero" (hueco, vacío). Esta idea es el eje articulador tanto del plano del discurso como del plano de la historia. En primer lugar, a nivel cronológico, la novela está estructurada de manera hiperbática: cual cuento policial, la novela empieza cuando el crimen (la matanza) ya ocurrió, cuando ya se borraron las evidencias. En este caso se genera un vacío en la historia, ya que se han cubierto las huellas del hecho. El lector asiste a su reconstrucción. En segundo lugar, el acto de desenterrar a los cadáveres produce en Cirilo un trauma, una grieta en su psique ya que en ese momento fracasa la representación simbólica y aparece lo Real pero Cirilo lo niega tal como lo demuestra el diálogo que sostiene con el moribundo Anjicho: "¡despierten ya, es la hora de trabajar! (...) Cuando reconoce a alguien le habla como si fuera ayer (...) ¿No hay ninguno vivo? Todos están vivos lo que pasa es que se hacen los dormidos" (29). Estas configuraciones discursivas permiten articular los efectos de la represión tanto a nivel social como en la psicología de los personajes. En este sentido, no compartimos la crítica al carácter estático de la organización discursiva del relato planteada por Escajadillo (cfr. Tomás Escajadillo. La narrativa indigenista peruana. Lima, Amaru Editores, 1994), ya que a partir de esta supuesta falencia podemos explorar la vinculación entre el plano del enunciado y el plano de la enunciación.

De otro lado, en la novela se produce una escisión, una hiancia entre un discurso público y un discurso secreto que se asocia al conflicto oralidad/escritura. Candela quema luceros es una novela eminentemente dialógica. En ella se realiza una ficcionalización de la oralidad ya que destaca la utilización del monólogo, del diálogo y la constante interpelación a un narratario (gran parte del texto es enunciado utilizando la segunda persona). Estas operaciones discursivas exponen la presencia de voces a lo largo del texto que al principio son silenciadas por los agentes de la represión (el ejército). Como hemos señalado, la causa de esta matanza radica en la incomprensión entre los sujetos de las semiósferas culturales en contacto, la cual se formaliza en el conflicto entre la oralidad y la escritura. Estas dos tecnologías manifiestan dos sistemas de pensamiento: uno de carácter mítico y otro signado por la racionalidad instrumental.