Antecedentes del cuento de horror en el Perú: Materia arqueológica en un escenario harto farragoso
Gonzalo Portals Zubiate

Una cantidad importante de escritores -Aguirre Morales, Arnao, Barreto, Beingolea, Blume, Camino Calderón, Carrillo, de la Puente, Espinoza y G., Esteves Chacaltana, Fiansón, Gálvez, García Calderón, García Cisneros, Godoy, Holder Freire, Jiménez, Ledgard, López Albújar, Martínez Luján, Miota, Morales de la Torre, Osorio, Palma, Polar, Puga de Losada, Román, Sassone, Soto, Tapia y Ugarteche, entre otros- se habían hecho de un lugar importante en unos medios de difusión nacional que hasta antes de esta "eclosión" sí registraban cuentos del género de horror pero de escritores foráneos.

La corriente de lo fantasmagórico empezaba a entrar en la literatura peruana en creciente grado durante los años '80, especialmente por vía de la Argentina. El ambiente literario de Buenos Aires tenía mucha influencia sobre los literatos peruanos, quienes publicaban a menudo en sus revistas y viajaban con frecuencia a pasar estadías allá. Aunque llegó con algo de retraso al Perú, lo fantástico tuvo una acogida inmediata y grande, evidente en la popularidad de los cuentos y novelas cortas de H.G. Wells y A. Conan Doyle, las traducciones de Jules Verne, y los primeros cuentos de Lugones, aparecidos en El Comercio a partir de 1895. Sigue lógicamente que la máxima conquista del cuento finisecular, el de Clemente Palma, sería uno de pura inspiración fantástica. Existía cierta predisposición para ello puesto que el cultivo de este elemento estaba dentro de la propia tradición literaria del Perú desde un principio, y era fortalecida por la presencia de lo fantasmagórico en la tradición de Ricardo Palma. (Ahern: 12)

Recuérdese, al respecto, "El resucitado" o "El carbunclo del diablo", tradiciones en esencia, pero con visos de misterio y/u horror, que no sólo coinciden con el advenimiento de nuevas estrategias de creación y búsquedas narrativas, sino que posibilitan la recreación y/o incisión del miedo y sensaciones parecidas.

Maestro también de la tradición y amigo de Palma, Mariano Ambrosio Cateriano (Arequipa, 1829-1915), fue otro ejemplo de este acercamiento al umbral de la transición y de la predilección por temas de cierto matiz escabroso. "Jetta", por ejemplo, es un texto incluido en Pliegos al viento de 1908, antología llevada adelante por Francisco Mostajo, pero que consigna la fecha de 1893. Este texto, que lleva entre paréntesis el agregado de historia natural, diría que, distanciado convenientemente de la tradición -véase del mismo autor "La plegaria de las diez de la noche", que, incluida en el volumen Tradiciones de Arequipa o Recuerdos de antaño (2ª. ed. de 1975), figura con fecha 1883 en la antología ya citada- busca emparentarse más bien con las características y propiedades inherentes al cuento moderno, aunque alcanzando en este propósito formal apenas un resultado medianamente convincente. Consigno ambos ejemplos, los de Palma y Cateriano, como una muestra de la coexistencia de la tradición y el cuento y como una manifestación no de desplazamiento de uno u otro, sino de superposición de materiales, situación que luego, con la entronización de los modernistas, orientaría la definición del cuento como género formal.

Este fondo que venía sosteniéndose fuertemente desde el momento cumbre con Ricardo Palma no se rompe; aun con las innovaciones propagadas por González Prada, no hubo ruptura de esta base, sólo asimilación y ajuste a nuevos modelos y técnicas narrativas. Durante los últimos veinte años del siglo pasado y hasta comenzado el presente, vemos la plena coexistencia de la tradición y del cuento, luego vemos cómo la tradición se va haciendo cuento. . . . . Cultivar las nuevas innovaciones técnicas significaba la definición del cuento, el cual se nutrió a la vez de este mismo fondo popular. Es precisamente esta dualidad la que mejor nos explica los fenómenos contrastantes de la prosa ya propiamente finisecular. (Ahern: 12)

Actualidades, América Ilustrada, Balnearios, Boletín Bibliográfico, Colónida, El Ateneo, El Comercio, El Fin de Siglo, El Iris, El Modernismo, El Perú Ilustrado, El Radical, Ilustración Peruana, La Alborada, La Gran Revista, La Neblina, La Revista del Sur, La Revista Social, Letras, Lulú, Novedades, Prisma y Variedades, fueron, entre otras, las publicaciones de esa época que recogieron las producciones extranjeras del género, amén de los primeros intentos peruanos en el abordaje de una materia nueva e inclasificable. Incluso de los años inmediatamente anteriores a 1890, lapso en el que predominaba la producción literaria del grupo llamado "Los Bohemios de 1886", y cuya expresión literaria, como afirma Ahern,

consistía en el relato corto, la leyenda y el cuento en verso, poesía, y el artículo costumbrista y periodístico. Abunda la tradición de Ricardo Palma, quien seguía publicando hasta pasado el año 1914. Toda esta producción tenía en común un fondo tradicional y romántico de tres elementos característicos de la narración nacional: la ironía, el humorismo y la fantasía. Es en verdad una producción aún netamente romántica, y se nota todavía gran falta de manejo adecuado de la técnica narrativa, salvo la tradición de Palma. (9)

No obstante, como ya señalé, por esos años se escribía y leía cuentos de raigambre macabra. Y no pocos. De entre muchos ejemplos de esta especie de invasión oscura, me permito anotar (asumo, no el primero de estos) uno que por su estructura, calidad y novedad bien puede ser considerado como representativo de los textos de sesgo siniestro llegados por esos años hasta estas tierras: "Historia espeluznante", firmado por A. Souvestre, y aparecido en La Actualidad del jueves 27 de enero de 1881. Hago la salvedad, empero, de que Edgar Allan Poe ya venía gozando hace algunos años de gran popularidad e influencia entre nosotros, y de que Juana Manuela Gorriti, con sus veladas concurridas, amén de sus producciones personales, venía transitando asimismo caminos similares.

A Lima Ilustrada, El Perú Ilustrado, y luego El Comercio, Prisma y Actualidades - sostiene Ahern- se debe la difusión del cuento de Edgar Allan Poe en el medio limeño. Ahí encontramos varias traducciones de sus más conocidos cuentos, entre ellos, "El Pozo y el Péndulo", "La Carta Robada", "La Máscara de la Muerte", "Manuscrito encontrado en una botella", y "El Maelstrom". (Ahern: 13)

A efectos, entonces, de una pesquisa que permita dar con los primeros vestigios del cuento de horror en el Perú, se hace necesario echar un golpe de vista a las publicaciones periódicas que a fines del siglo pasado y principios del presente desarrollaron su actividad tanto en la capital como en las provincias más importantes de la república. Es ahí donde pueden hallarse los precedentes más ricos y sugerentes de este género literario en ciernes, embrión del desarrollo ulterior, y que muchas veces no serían recogi-dos por sus autores en textos unitarios posteriores. Así, por ejemplo, "Andrónico", "Walpurgis" y "Dmitri era un excelente amigo"2 son cuentos de Clemente Palma de evidente raigambre horrorosa aparecidos en publicaciones de la época y que ninguno se verá en ediciones posteriores llevadas adelante por su autor. Para empezar, "Andrónico" es recogido por El Ateneo, órgano del Ateneo de Lima3, "Walpurgis"4 y "Dmitri era un excelente amigo"5 lo hacen en El Modernismo; literatura y arte, ambos en el año de 1901. Recuérdese que Palma, que a la sazón contaba con entre 27 y 28 años, ya se había dado a conocer con algunos ensayos, especialmente "Filosofía y Arte", tesis para optar al grado de doctor en la Facultad de Letras, de 1897. Allí, entre varios postulados teóricos referidos a las evoluciones religiosas y filosóficas del espíritu, el autor se refiere al tema del satanismo (poetas y artistas ateos y satánicos) y da cuenta de una larga lista de escritores y obras referidas al diabolismo. Cuatro años más tarde, en una reseña titulada "Novelas extrañas", aparecida también en El Modernismo, pero del 6/1 de 1901, Palma vuelve a sus linderos de interés y refuerza sus postulados estéticos (cada vez más emparentados con los modernistas y decadentistas) con el -y a esto quería apuntar- consiguiente objetivo de exhumar belleza aun de lo mórbido y/o aprensivo.