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Antecedentes del cuento de horror en el Perú: Materia arqueológica en un escenario harto farragoso Gonzalo Portals Zubiate
Decir que todos los caminos conducen a Clemente Palma quizá pueda parecer una exageración. No obstante, resulta "extraño" -palabra grata a las inquisiciones del propio creador- que hoy, cada vez más, de manera directa o indirecta, busquemos en él (casi de manera ineludible) las claves o significantes para el esclarecimiento de un proceso que, sin él, no se explica ni adquiere estatura. Y es que, como señala Gabriela Mora (2000), el interés hacia su obra se despertó (como de hecho pudo haberse producido en nosotros) por "el cultivo de asuntos subversivos para su tiempo... [y]... por sus notables innovaciones discursivas... [vale decir]... la ambigua combinación de modalidades serias y paródicas, la elevada calidad autorreflexiva de los personajes... [y/o]... la explícita exhibición de redes intertextuales y metacomentarios que muestran una firme conciencia autorial sobre la construcción de la ficción". (21)
Palma, a fuerza de críticas casi siempre desleales, apareció ante el común de los ojos como el marginal, el digno de olvido, el hijo torcido del tradicionista, hechura imperfecta de un Poe a destiempo o, lo que es peor, como el descalificador de nuestro poeta más importante. Palma, sin embargo, renace, o mejor sería decir se renueva: criatura que bate sus alas para mostrarnos nuevos matices, nuevos dobleces, la laja pequeña pero primorosa hecha de bríos y destellos novedosos. Sus Cuentos malévolos (1904 y 1913) constituyen, s.e.ú.o., la unidad de cuentos más antigua y mejor logradade experimentaciones decadentes y góticas, por encima de José Antonio Román, otro precursor del género, que con sus Hojas de mi álbum (1903) enfrentó, a decir de Ricardo González Vigil, "cuentos de terror y de locura, fuertemente tanáticos, de un Tánatos asumido como la contraparte tenebrosa de Eros y de la lucidez", aunque luego el mismo crítico tuviera a bien sostener: "El conjunto es desigual, pero ostenta logros apreciables en todas las líneas mencionadas, especialmente en la de cuentos psicológicos sobre la pasión . . . y en la de cuentos de terror y locura". (671)
Antes de estos dos autores, probablemente los más destacados en lo que a conjuntos homogéneos de libros sobre el horror se refiere, el abanico de antecedentes del género se amplifica y extravía en una suerte de terreno farragoso, cuya búsqueda resulta exhaustiva, y donde la prensa escrita, en un período de análisis sumamente amplio, constituye esa posibilidad de indagación y exhumación. Ya Cecilia Moreano, dando cuenta de su pesquisa tras "El primer cuento peruano: 'Un amor en sueño' de Paulino Fuentes Castro", y en alusión a esta enorme brecha objeto de investigación, había anotado: "Sorprende que un texto como éste se haya escrito en fecha tan temprana ["Anales de la Sección de Literatura del Club Literario de Lima", 1878], pues existe consenso entre los críticos de que el cuento, como género autónomo, independiente del artículo de costumbres y de la leyenda, empieza a ser cultivado en el Perú con el impulso modernista del siglo XIX e inicios del XX". (160)
Algo análogo, o quizá más grave, teniendo en cuenta su sesgo marginal y poco valorado, ocurre con el cuento peruano de horror forjado en el Perú 1. Maureen Ahern (1961), en su tesis doctoral "El cuento finisecular peruano, 1890-1910", había hecho mención a esta exigencia surgida de una dificultad, anunciando:
La clave para el entendimiento de la prosa peruana en la segunda parte del siglo XIX es una comprensión de los cambios que se efectuaban en el periodismo de esos años. En éste se descubre la dualidad del fondo que plasmó la expresión literaria de esa época; las distintas formas que ésta tomó, y, bajo la influencia de las literaturas extranjeras, las pautas por las cuales caminó la prosa hasta afirmarse en el cuento, para de ahí en adelante convertirse, en el Siglo XX, en uno de los medios estéticos más ricos del Perú. (8)
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