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Crónica de un periplo yanquee Alonso Rabí Do Carmo
En 8 meses, realicé 16 llamadas a la policía y gracias a eso nos ganamos el odio de más de un vecino. Nos preguntábamos si estábamos en el mítico barrio neoyorquino del Bronx y no en el pacífico Boulder, enclavado en las Rocky Mountains, ruta de hippies y beatniks, ejemplo de buena vecindad. Las horas que pasábamos en el campus eran un verdadero bálsamo y la verdad, creo que nos dieron algo de fuerza para acostumbrarnos -sin resignación- al bullicio de cada día. Nuestro edificio quedaba en la esquina de una calle empinada, por la cual se llegaba directamente a Broadway Avenue, una de las arterias centrales de la ciudad y camino obligado al campus. Uno de los pocos recuerdos gratos de aquel ingrato antro del trans y el rap era la vista que teníamos desde la ventana del dormitorio: dos de los tantos impresionantes picos de las montañas que rodean Boulder. Detrás del edificio, en la avenida Arapahoe, quedaba la biblioteca pública, una impresionante muestra de arquitectura contemporánea, con amplios salones de lectura y ruta obligada en nuestros intentos por evadir el ruido. Allí pasábamos horas, porque además la sección de literatura en español no andaba nada mal, tratándose de una ciudad de 120 mil habitantes, la mayoría norteamericanos. En el centro de la ciudad, especialmente en la calle principal, Pearl Street, uno podía "jironear" horas de horas, seducido por la decoración de las tiendas, a las que uno entraba simplemente porque son bonitas y no porque necesite comprar algo -era al menos nuestro caso-. Eran unas seis cuadras de comercios, entre ellos dos magníficas librerías, algunos restaurantes y una tienda que llamó poderosamente mi atención: una tienda de libros usados, dedicada a la obra de los beatniks y a todo lo que tuviera que ver con ellos. Allí encontré, por ejemplo, un cheque girado por Jack Kerouac a una licorería, por un monto de 200 dólares. Lo habían enmarcado y lo vendían en nada menos que 300 dólares. En fin, una cosa es el fetichismo y otra la literatura, me dije, un poco para consolarme, pues nada me hubiera gustado más que poder comprarlo. En fin, debilidades de animal literario.
COMO, LUEGO EXISTO
En algún punto de Pearl Street, hay un rincón dedicado a los niños. Como si hubieran abierto un patio en medio de la calle, había un pequeño parque de grava, habitado por animales tallados en piedra y bronce, a los que los niños se subían y bajaban retozando alegremente, bajo la atenta vigilancia de sus padres. En diferentes puntos de la calle, además, se encontraban esculturas de los animales que pueblan las montañas: osos, pumas, renos, zorros, entre otros. En esa misma calle había un café muy concurrido, llamado Rocky Mountain Joe's Cafe, famoso por unos desayunos de cuya contundencia guardo aún el recuerdo: un omelette gigantesco, jugo de naranja, café, una tostada de pan integral y dos panqueques bañados en miel de arce. En realidad era como desayunar y almorzar a la vez. Sin embargo, me veo en la necesidad de precisar que la comida fue fuente constante de sufrimiento para dos paladares como los nuestros, criados muy cerca de las faldas de las abuelas, conocedoras de todos los arcanos que guardan las ollas. En un comienzo, no quedaba más remedio que comer en la calle, pues los trámites en la universidad nos consumían mucho tiempo. Lo más digno que encontramos en medio del plástico que servían en casi todos los lugares, fue una cosa ni mexicana ni americana bautizada como "burrito": una gran tortilla de maíz rellena con arroz, carne, un aderezo de cebolla y tomate, palta y queso crema que después la envolvía y empacaba, cobrando la forma de un chorizo de unos diez centímetros de diámetro. Tuvimos que esperar unas semanas antes de instalarnos del todo y comenzar a cocinar, con lo que podíamos encontrar en los supermercados, comida peruana, un verdadero bálsamo en medio de las montañas y que atrajo a más de un comensal, intrigado por los olores y los menjunjes que razonábamos en nuestra pequeña cocina. Y no faltan curiosidades, ya que hablamos de deglutir. En la cafetería de la universidad, uno de los altos muros tenía el retrato de un personaje que daba nombre al recinto. Era el Alfred Packer Grill. Nunca nos despertó mayor curiosidad quién era el tal Alfred, pero un día nos enteramos de la historia: se trataba de un aventurero buscador de oro o algo por el estilo, que había tomado la decisión, durante la fiebre del oro, de internarse en el desierto montañoso en busca del precioso metal con un grupo de codiciosos como él. Pues bien, los rigores del clima y la escarpada geografía no tardaron mucho en invitar al hambre y a diversas enfermedades que fueron minando al grupo. Se cuenta que Packer no tuvo más remedio que cocinar a los compañeros que iban muriendo para comérselos. Fue el único que sobrevivió. Al volver a Colorado, contó su historia, pero el proceso judicial que se le siguió le hizo fama de caníbal. El tiempo restituyó su prestigio y ahora gobierna el comedor estudiantil, lugar donde no se comerá carne humana, pero sí de búfalo.
DE ABURRIMIENTOS E INCURSIONES
Boulder es una ciudad conservacionista. Es decir, sus habitantes tienen una especie de culto por el medio ambiente, el deporte, la vida sana y el body builging. Confieso haberme sorprendido la primera vez que vi, en medio de la nieve, a muchas personas haciendo footing como en el mejor día de primavera. Incluso había un supermercado destinado a satisfacer el exigente gusto vegetariano, el dudoso apetito de los enemigos del colesterol y las ganas de los amantes de los vegetales orgánicos. Recuerdo haber estado allí un día con un voluminoso compañero de estudios que, después de repasar minuciosamente toda la mercadería, exclamó indignado: ¡Pero aquí nada tiene grasa, todo es sano! De inmediato salimos y recalamos en una hamburguesería, donde devoramos con actitud casi mística una doble con queso, tocino y mayonesa. Por otra parte, la ciudad parece haber sido diseñada para caminar. Primero porque hay un río que atraviesa toda la ciudad y tiene una suerte de malecón con una vía para peatones y otra para bicicletas y skateboards, el medio de transporte favorito de los estudiantes. Segundo, porque de tanto en tanto uno se encuentra con hermosos parques, muy arbolados, que no abrigan nada en invierno pero en verano proporcionan al transeúnte un poco de sombra fresca.
A veces, la calma de Boulder podía ser exasperante. Y esa era la señal que indicaba la necesidad de hacer una visita a Denver. El bus nos dejaba en Market Street, puerta de entrada al downtown, una calle repleta de tiendas, cines, cafés y restaurantes. Hacia el final, se abría el centro cívico, una alameda con portadas de estilo neoclásico que desembocaba en dos edificios que visitamos asiduamente: la biblioteca pública de Denver y el museo de arte. Nuestras primeras incursiones no pasaron de este paseo comercial. Pero de a pocos le tomamos confianza a la ciudad y un día llegamos al zoológico, donde uno tiene la sensación de que las páginas de National Geographic tienen vida, se mueven, y eso que uno se pasa mirando en fotos está ahí, a pocos centímetros. En Denver hicimos muy buenas migas con una pareja de argentinos. Él, Juan Miguel, biólogo y porteño de corazón, muy dado a bromas en tono de soberbia y amante del fútbol (el argentino, claro está). Ella, Diana, profesora de español al igual que nosotros, pero igual que su esposo, bióloga de formación. Era imposible estar con ellos y no terminar encendiendo la parrilla y descorchando innumerables botellas de vino.
BOULDER 9/11
Nuestra estadía en los Estados Unidos no hubiera sido la misma si no hubiera ocurrido el demencial ataque del 11 de setiembre. Recuerdo que al llegar al salón en el que dictaba mi clase de español, los estudiantes se hallaban en una especie de shock traumático; muchos lloraban, otros simplemente no atinaban a nada y tenían la mirada absolutamente perdida en el más insondable vacío. Naturalmente, no hubo clase. Contagiado de ese estremecimiento, simplemente traté de llevar una conversación sobre el asunto. Evidentemente, el ánimo de quienes vivían en Boulder se exasperó y hubo algunos exabruptos, como una manifestación frente a un restaurante sirio que quedaba al lado del campus, en la que la gente portaba pancartas con lemas del tipo Arabs, go home. Y otras cosas más, como una entrevista aparecida en The Denver Post que era un canto de sirena al resentimiento y una incitación al racismo. En esa entrevista, un profesor de historia de University of New Mexico comparaba a Pancho Villa con Osama Bin Laden y terminaba su perorata preguntándose si a los neoyorquinos les gustaría que alguna plaza de la ciudad llevara el nombre de este criminal, así como los habitantes de un poblado de Nuevo Mexico tenían que soportar la afrenta de tener un parque con el nombre de Villa.
En cierta ocasión caminábamos por Boulder buscando una oficina de la universidad en la que nos ayudarían con nuestra declaración de impuestos. De pronto, sentimos que alguien nos llamaba. Vimos a un hombre de unos 45 años, apostado al lado de una camioneta 4x4 con el vagón abierto. Nos acercamos y nos dijo que necesitaba hablar con alguien y preguntó educadamente si no tendríamos problema en escucharlo, a lo que asentimos. Nos contó que era iraní y que a partir del ataque terrorista su vida había dado un vuelco, pues sus antiguos amigos en el trabajo ya no querían ni acercársele. Miró hacia el vagón, extendió sus brazos y sacó una fuente con bizcochos y unas latas de gaseosa que nos ofreció con toda hospitalidad. No lo volvimos a ver. Unos días después, supe que había una asociación de estudiantes islámicos en la universidad. Y que eran blanco de amenazas e insultos. En fin, la herida estaba abierta.
EL FÚTBOL NUESTRO DE CADA DÍA
Después de luchar contra la indiferencia de algunos compañeros, pudimos organizar unas pichanguitas en un campo de césped. Algunos partidos fueron francamente memorables, pero una de las cosas que no olvidaré jamás fue un encontrón con Peter Elmore, que era nuestro profesor, muy correcto y educado en clase, pero que en el campo de juego sufría una increíble transformación y se convertía en una mezcla de Eloy Campos, Puma Carranza y Rodulfo Manzo. Siempre lamentaré haber jugado ese día en el equipo contrario. A estos encuentros domingueros acudía un crisol de razas, con el perdón de esta expresión tan huachafa: mexicanos, españoles, americanos, algunos peruanos e incluso un marroquí y un zambito bullidor que nos dijo venía de la Isla Martinica nos sacaron del marasmo y la molicie, características naturales del domingo. La nieve era nuestro enemigo mortal, pues era imposible siquiera atreverse a trotar sobre la cancha, convertida en un solo de barro.
CODA
Ahora, desde este 98 por ciento de humedad, combis humeantes y gobiernos siempre al borde del abismo, pienso en Boulder. La ciudad en la que nació Sebastián, nuestro hermoso hijo. La ciudad que tenía una calle llamada Inca, pero de inca ni la sombra. La ciudad cuya iglesia católica tenía el nombre de un santo peruano: San Martín de Porres, del que una empresa mexicana se apropió para bautizar su marca de tarjetas telefónicas, tamaña herejía. La ciudad llena de brewerys, donde deliré con más de una cerveza. La ciudad, en fin, en la que pasamos dos felices años, la ciudad que aprendimos a querer y donde la vida se nos antojó un paréntesis de tranquilidad que no hemos vuelto a conocer.
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