Crónica de un periplo yanquee
Alonso Rabí Do Carmo

Todo comenzó un 10 de agosto del año 2001, cuando después de un turbulento vuelo desde el aeropuerto internacional de Miami -cuyos techos bajos me inspiraron una indecible claustrofobia kafkiana- mi esposa y yo pusimos pie en Denver, Colorado. De allí, un buen amigo se encargó de trasladarnos a Louisville, un pequeño condado a 10 minutos de Boulder, nuestro destino final. Louisville era -es, o debe seguir siendo- una suma de calles apacibles que probablemente no se parezca en nada a lo que fue en tiempos de su fundación, un asiento minero de carbón del siglo XIX. En todo caso, eso lo recordaba el museo del minero, ubicado en Pine Street, cuya fachada lucía además un antiguo y enorme cartel de Coca Cola. Lo demás, una zona residencial que solo se alteraba cuando pasaba el tren, desde o hacia Union Station, la hermosa estación ferroviaria de Denver, o bien cuando el viento aúllaba como una manada de lobos heridos, en representación del esplendor otoñal. Quince días allí nos hicieron saber varias cosas. La primera, que éramos extraños, pues era obvio que la gente no nos identificaba como residentes del lugar. La segunda, que el silencio en los vecindarios es una especie de religión, aunque después, en Boulder, comprenderíamos que esto era algo bastante relativo. La tercera, que saludar a la gente en la calle era señal de buena educación, sin importar conocerla. Y si sonriendo, mejor.

EL BARRIO

Luego de estos días algo bucólicos, conseguimos un apartamento en Boulder, muy cerca de la universidad donde nos disponíamos a hacer estudios de maestría en literatura hispanoamericana. El día que lo alquilamos, lo recuerdo perfectamente, la agente inmobiliaria nos aseguró hasta el cansancio que se trataba de un lugar muy tranquilo, de un vecindario muy pacífico, muy "nice". Era un martes a las diez de la mañana cuando nos mudamos. Y claro, el silencio estaba en todas partes. Sin embargo, esta buena señora olvidó decirnos que acabábamos de mudarnos a un barrio de "freshmen", como llaman por esos pagos a los estudiantes que recién ingresan a la universidad. Pero como nosotros no teníamos ni idea de estas nomenclaturas, así como tampoco la teníamos sobre el recibimiento que nuestros vecinos nos darían esa noche. Un par de fiestas trans -con ese bajo que retumba con una disciplina capaz de enloquecer a cualquiera-, los gritos de la alegre muchachada y el broche de oro con una bronca descomunal entre cuarenta jovencitos al borde las cuatro de la madrugada, fueron suficientes para convencernos de que a lo largo y ancho de Marine Street (ese era el nombre de la calle) no había lugar para el sosiego. Muchas noches nos costó un gran trabajo conciliar el sueño, porque el desenfreno que nos envolvía como un sandwich -vivíamos entre el sótano y el segundo piso del edificio- tampoco hallaba un momento de reposo, a excepción de algún domingo. Lección número 1: no vivas nunca en un vecindario estudiantil, a menos que la juerga sea una de tus prioridades. Lección número dos: llamar a la policía no siempre es la solución. La primera vez que lo hice fue para informarles sobre aquella gresca de la que hablé y por la cantidad de preguntas que me hacía el oficial por el teléfono -algunas francamente absurdas, como si estaban armados o no, si eran latinos, asiáticos o americanos, cuando a duras penas por las persianas de nuestro piso solo se podía ver una endemoniada maraña de brazos y piernas- él pensaba seguramente que yo estaba allí, en medio de la calle, blandiendo puños y fuck your mother a diestra y siniestra.