No cabe duda que Alfredo Bryce Echenique se esfuerza, al menos en sus últimas novelas publicadas, en demostrar que es un escritor con pocos recursos convincentes. Y es que, a decir verdad, pese a que El huerto de mi amada se hizo acreedora del Premio Planeta 2002, dictamen que deja muy mal parada a la prestigiosa editorial española, desilusiona, indefectiblemente, a quienes sueñan con un futuro literario. ¿Hasta qué punto el nombre de un escritor justifica la magnificencia de su obra? Autores como William Faulkner o Thomas Mann nunca fueron galardonados por sus editoriales.
Cuán lejos parecen estar, lamentablemente, aquellos años en que Bryce Echenique se aventuró a proyectar Un mundo para Julius (1970), La felicidad, ja, ja (1974) y, sobre todo, La vida exagerada de Martín Romaña (1981). Si bien es cierto que el autor de Tantas veces Pedro (1974) no representa la cima más alta de nuestra narrativa, ¿por qué inclinarse, últimamente, por novelas tan ineficaces? De allí que El huerto de mi amada encarne su carácter ególatra; convirtiéndose en un Rey Midas para las editoriales, mas no para la literatura. Somos, pues, testigos de un texto construido a partir de un humor ya gastado y desde un discurso impuesto como modelo: los amoríos obsesionados del adolescente criollo limeño. Se repite, en consecuencia, el tema ya trazado en Huerto cerrado (1968), Un mundo para Julius y No me esperen en abril (1995).
Indudablemente, un tema puede ser inagotable; pero, ¿lo es, realmente, cuando los personajes se repiten?
El huerto de mi amada narra la relación amorosa, en los años cincuenta, entre un joven, perteneciente a la burguesía limeña, y una mujer, de una clase oligarca cada vez menos importante. El argumento en sí es muy sencillo: Carlos Alegre di Lucca, de diecisiete años, conoce en una fiesta a Natalia de Larrea y Olavegoya, de treinta y tres, de la que deciden escapar, entre el escándalo y la sorpresa de los invitados, hacia un huerto en Chorrillos. Alejado de sus padres, el joven Alegre debe frecuentar a la servidumbre de Natalia: Luigi y Marietta Valserra, dos ancianos, inmigrantes italianos, quienes, como consecuencia de su origen, gozan de toda su confianza. Julia y Cristóbal, empleada y mayordomo, respectivamente, son la otra cara de la moneda. No son blancos ni italianos y, por lo tanto, deben excluirse de toda confidencia. Pero es con Molina, el alto y rubio chofer de Larrea, con quien adquiere mayor afinidad. Desde ese espacio idílico concibe proyectar su sueño de ser dermatólogo como su abuelo, "profesor en los Estados Unidos, premio Nobel de Medicina" (12), y su padre. Su preparación preuniversitaria, no obstante, se ve sujeta a singulares peripecias. Entabla amistad con los mellizos Raúl y Arturo Céspedes Salinas, sobre quienes recae el rol negativo de la historia; lo mismo que es fácil de deducir: provienen del Centro de Lima y son mestizos. Se les muestra como oportunistas e interesados por acceder, a como de lugar, al círculo criollo. Ese mismo carácter arribista los hace víctimas de la clase acomodada limeña: "en aquellos jardines iluminados y decorados carnavalescamente nadie los fuera a reconocer vestidos así, de Gran Duque de las Cruzadas, uno, y de hermoso Oso, el otro, y acompañados por las carcajadas de Melanie y Carlitos Alegre" (121). Frente a este sistema preestablecido, son tímidos ante las chicas de clases acomodadas; la sexualidad misma se adecua, entonces, a este sistema: Carlitos, como sujeto criollo, es seductor e ingenioso con las mujeres, mientras que los mellizos deben esperar la ayuda de aquél. Entre las muchachas que el protagonista frecuenta, Melanie Vélez-Sarfield (cuyo apellido sugiere la afición futbolística del escritor), la menor de tres hermanas, perteneciente también a una familia hegemónica limeña, encierra el trío amoroso de la novela: Natalia-Carlitos-Melanie. Es precisamente su insinuación la que le otorga ese rol: "¿Y si te toco en francés? Te tengo en mis manos, ¿eh, Carlitos?" (228). Alegre consigue, finalmente, ingresar a la universidad para seguir sus estudios de Medicina. Natalia, por su parte, exhorta al muchacho para que reciba clases de francés, con la finalidad de llevárselo a Europa. Es gracias a Melanie, sin embargo, que el protagonista mejora sus conocimientos del idioma, y no con la señorita Herminia Melon; ¿acaso por la atracción que éste siente por la niña? Se alude, así, los últimos días de la pareja en la finca. Tras los cambios políticos producidos recientemente (entiéndase: el régimen velasquista) y la partida a Francia de los amantes, la servidumbre consigue administrar el huerto y, con él, la jurisdicción de sus patrones. Una vez establecidos en París, Carlos Alegre accede a un importante nosocomio con el propósito de realizar sus investigaciones y recibir los distintos premios que el destino le depara. Por último, los otros miembros de la familia Alegre di Lucca, al igual que los amantes, decidirán por abandonar Lima y establecerse definitivamente en California.
Uno de los elementos débiles de la novela lo constituyen los puntos de vista con que se describe a los personajes. Nuestro protagonista, por ejemplo, bajo una perspectiva religiosa, propia del catolicismo limeño (cucufatería), ve tergiversada su picardía. A ello cabría agregarse su ingenuidad: por momentos es pícaro e ingenioso con las muchachas; por otros, olvidadizo y distraído. Supera, no obstante, cada uno de los obstáculos que la realidad misma le ata, consiguiendo salir airoso de todas ellas. En suma, el personaje está construido desde la infalibilidad y, aun, la inverosimilitud.
Natalia de Larrea, si bien tiende a completar el espacio impuesto por la temática de la novela, aparenta no dominar a Carlitos. Ello la convierte en el personaje más interesante: se limita, a simple vista, a satisfacer todos sus caprichos. Cada paso, próximo a ejecutar, aunque no se sugiere hasta el epílogo, lo realiza con frialdad. Durante gran parte del relato, interpreta el rol de la amante; para después, gracias al matrimonio, otorgar a su vida una feliz enmienda. Se sirve, pues, del ascenso de la burguesía para perennizar, junto a ella, a toda la antigua aristocracia, impidiendo que desaparezca.
Los mellizos Céspedes Salinas contienen las características de la marginalidad que supone el sujeto subalterno en la narrativa de Alfredo Bryce. Su destino, por lo tanto, se percibe desde las primeras páginas del texto. Se ven condenados, en definitiva, a unirse a las hermanas Quispe Zetterling, igualmente mestizas, cuya posición económica ha declinado. De esta manera, a fin de que su oportunismo no quede impune, "se limitaban a ver pasar un mundo nuevo y cholo, cada día más cholo, mierda, con un odio contenido y más bien callado" (278).
Otro de los aspectos endebles del discurso lo componen sus diálogos engomados, configurados por un exagerado coloquialismo y una extravagante ironía. Irrumpen, de esta forma, en la imaginación del lector, fragmentos tediosos y conversaciones superfluas; viéndose éste, por consiguiente, disminuido ante un discurso alejado de imágenes y personajes poco atrayentes. Es común encontrar en el texto una reiterada adjetivación que, si bien pretende ligarnos a una oralidad limeña, no prescinde la trivialidad de la historia. Tal es el caso de Consuelo, hermana de los mellizos Raúl y Arturo Céspedes Salinas, a quien se le describe como "ni bonita, ni feíta, ni inteligente ni no, y así todo, una vaina, una real vaina nuestra hermana Consuelo" (63). O, al referirse a la profesora de francés de Carlitos, "la señorita solterona Herminia Melon, sin un mísero acento en la 'o', siquiera" (221).
Sin embargo, El huerto de mi amada tiene como acierto el recurso técnico, el mismo que muestra la alternancia de discursos dentro de una misma descripción. De esta manera, si bien se superponen entre los diálogos, se logra un efecto de reconocimiento de la voz del personaje por sobre el discurso primario: "la reputación de los cirujanos Alejandro Palacios y Jacinto Antúnez, que habían operado en la clínica Mayo y el hospital John Hopkins, EE. UU. y todo, Arturo, sin olvidar tampoco al cardiólogo argentino Dante Salieri, de fama continental, Raúl, y que juega polo, además, Arturo" (28). En otras ocasiones, el relato muestra la inclusión de lo que los personajes piensan, mostrándose ante el lector una sensación de indiscreción: "Melanie, estaba pensando Carlitos, sentado junto a su amiga, resulta demasiado frágil entre tanto caserón y la chimeneota esa de piedra, por ejemplo, Melanie se puede romper en cualquier momento, aunque la verdad es que fue ella quien casi lo rompe a él con las primeras palabras de una conversación tristísima" (148).
Para finalizar, cabría señalar la innegable jerarquía que ciñe a la novela. El sujeto criollo limeño es el único que abarca y domina el universo narrativo. No es que se niegue al mestizo o "cholo" una función protagónica, sino, antes bien, se le margina. Jamás supera su condición de subalterno, bien como sirviente, bien como advenedizo. Se podría sugerir, en realidad, una sátira de las categorías sociales limeñas; pero, aun así, es muy elemental. En este sentido, El huerto de mi amada reincide en la temática y la superficialidad de la, cada vez menos atractiva, novelística bryceana.