Caníbales Culturales
Víctor Vich. El caníbal es el Otro. Violencia y cultura en el Perú contemporáneo.
Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2002.
Javier Morales Mena

Víctor Vich, en su primer libro El discurso de la calle. Los cómicos ambulantes y las tensiones de la modernidad en el Perú (2001), realizó dos operaciones interesantes: primero, añadió la oralidad al canon de la investigación literaria peruana; y, segundo, creó un lugar intersticial desde donde formuló sus reflexiones: crítico de la modernidad y de las ilusiones de la posmodernidad, incorpora aportes del postestructuralismo pero también subraya el carácter histórico de los eventos con el fin de resistirse a aceptar la "muerte del hombre" o la imposibilidad de una voz subalterna. Ha pasado un año y ahora Vich nos entrega su texto El caníbal es el Otro, en el que vemos la consolidación de su lugar intersticial de enunciación; espacio desde donde plantea a los intelectuales asumir el compromiso y la responsabilidad de criticar las atrocidades de las ideologías hegemónicas.

El libro se compone de tres capítulos. En el primer capítulo, "Aproximaciones a la poética senderista", se analiza el poemario clandestino Tiempos de Guerra en base al problema de la identidad del sujeto senderista. Según Vich cuatro rasgos configuran la identidad en el poemario. El primero "La visión teleológica de la historia", da a entender que el sujeto senderista debe entregarse a transformar el mundo debido a una suerte de mandato universal establecido por la palabra escrita. De este modo, dentro del discurso senderista y al igual que en tiempos coloniales la escritura continúa siendo imperativo social que regula la conducta de los sujetos. El segundo rasgo "La disolución del sujeto dentro de los objetivos del partido", explicita que el movimiento senderista crea una relación jerárquica y violenta entre sus miembros; lo cual implica constituirse como una organización anclada en prácticas coloniales de "tutelaje" o de "la cultura de la hacienda" en tanto que su estructura y su discurso se encuentran destinados a dirigir a los sujetos con el objetivo de impedir todo tipo de individuación en ellos mismos. "El culto a la muerte" es el tercer rasgo, donde se explica que según Sendero Luminoso, la muerte es el arma más adecuada para la revolución, es decir, la guerra está por encima de la política y de cualquier otro tipo de práctica dialógica. "El discurso pedagógico", es el cuarto rasgo que plantea ver a toda la ideología senderista como una "práctica educativa" que desea tener un impacto y un alcance efectivo en el sujeto. Estos cuatro rasgos tratan de explicar que la identidad del sujeto senderista se disuelve dentro de una organización y un discurso que termina negándolo como sujeto: toda persona que se encuentre en otra posición ideológica merece morir sin ninguna consideración.

El segundo capítulo, "Disparos y torturas: el discurso de la subalternidad", centra su atención en dos testimonios. El primero es de Nicario, antiguo militante senderista que relata la destrucción de Allpachaka, fundo experimental dedicado a la producción agrícola y ganadera en Ayacucho. Lo que allí hacen los senderistas es disparar indiscriminadamente al ganado, acto repudiado por las campesinas que lloran por sus animales. Llanto que, según Vich, nos pone frente a una oposición de racionalidades: por una lado, el fundamentalismo senderista que ve al ganado como "el goce del Otro" un objeto o una cosa cualquiera; y, de otro lado, la racionalidad andina que ve el ganado no sólo como algo simbólico sino también como un ser viviente. De este modo se marcan las diferencias entre dos modos de ver y comprender el mundo. El segundo testimonio es de Juan, un niño pomabambino sobreviviente de la violencia senderista y la violencia militar. Él cuenta que los militares torturaban por igual a campesinos y senderistas ya que según ellos todos eran culpables: "a mí me estaban quemando con un fierro en la espalda y el otro me ahorcaba para preguntar dónde estaban los armamentos". Lo que se observa son dos cosas: de un lado, el testimonio de Juan representa el ejercicio de la violencia como un acto que proviene directamente del Estado; y por otro lado, hace ver que el castigo político en el Perú supuestamente "moderno", sigue conceptuando al cuerpo como el espacio de erradicación del mal, demostrando así un sesgo premoderno en la administración de justicia y poder.

En el tercer capítulo se analiza la novela Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa y específicamente se reflexiona sobre la figuración del Otro indígena. Es decir, cómo representa el colonizador la imagen del colonizado y si en verdad logra representarla. Vich nota que la novela funciona como un texto que contradice el pensamiento indigenista, en la medida que contrapone a las idealizadas imágenes indigenistas, una concepción infernal y violenta de la cultura andina; por tanto, el Otro indígena figura como un sujeto bárbaro, degradado y proclive a la violencia. Esto no es gratuito, según Vich, pues de ahí se desprende la tesis que plantea la novela: la violencia de Sendero Luminoso no debe entenderse como un producto básicamente moderno sino como la reactualización de viejos instintos asociados al mundo primitivo y natural de la sierra peruana. De este modo, se justifica la violencia estatal contra los campesinos y contra toda racionalidad distinta a la que produce la civilización de la urbe, en otras palabras, el Otro es bárbaro, salvaje y caníbal. Así, la canibalización del otro obedece también a una matriz senderista, en tanto en cuanto plantea reiniciar la violencia sobre el otro para ejercer una "dominación total".

Estos tres capítulos reseñados tratan de explicar cómo el dogmatismo ideológico, el habla monológica, la manía jerarquizante y la discriminación son matrices cognoscitivas que atraviesan tanto las prácticas cruentas y brutales de Sendero Luminoso y las fuerzas armadas; como también las reflexiones de los intelectuales letrados.

Si bien es cierto que el libro se apoya en un marco interpretativo interdisciplinario que trata de articular las reflexiones psicoanalíticas con la crítica de la cultura, según mi opinión tiene un problema fundamental: toma categorías (sujeto, escritura, identidad, otro, representación) como si estuvieran ya asentadas, es decir, se pasa por alto los problemas que entrañan las mismas. Por ejemplo, "Otro" en el primer y segundo capítulo es principalmente sinónimo de enemigo capitalista e ideológico; mientras que en el tercer capítulo significa más bien, caníbal, bárbaro y salvaje. Estos usos hacen de la categoría una suerte de recipiente vacío, que se va llenando de significado según los lugares de percepción o enunciación; aspecto que pudo ser explicado. Por lo mismo, en el primer capítulo, no se dice qué se entiende por escritura; hay que asumir, pese a los aportes del postestructuralismo, pese a las referencias a Lacan, una concepción fonoalfabética de la misma. De modo similar, en el segundo capítulo, se distingue epidérmicamente la racionalidad senderista y campesina; y en el tercer capítulo, no se explica con rigor por qué se decide leer la novela de Vargas Llosa como un documento que expresa la ideología de un tipo de intelectuales petrificadamente conservadores.

Vuelta a la otra margen, desde un lugar intersticial, Víctor Vich parece decirnos que dejemos las especulaciones metafísicas y etéreas, para establecer nuestra reflexión y nuestra residencia en la tierra.