Entre el manual y la reflexión teórica
Eduardo Hopkins. Convicciones metafóricas. Teoría de la literatura. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia .
Universidad Católica, 2002.
Fernando Iriarte Montañez

En primera instancia, Convicciones metafóricas. Teoría de la literatura aparece como una mera enumeración de corrientes literarias que circulan en el ambiente académico desde hace unas décadas. En vista de que se nos advierte del carácter expositivo del libro, perdemos enseguida las expectativas de encontrarnos con un producto crítico, lúcido y renovador, no meramente descriptivo, que se inserte en el diálogo inteligente de la reflexión teórica actual sobre la literatura. Sin embargo, el epígrafe del libro que comentamos da constancia de lo que será, en suma, lo más original del escrito, y que lo aleja de un mero manual: la propuesta de una difuminación contemporánea -esto es, en los últimos cuarenta años- del concepto de texto en un conjunto variado de metáforas.

Parte esta idea de una concepción epistemológica más amplia, aquella que, en una postura claramente posmoderna, distanciada de la monolítica Razón, no concibe los conceptos como entes con una existencia ligada de forma necesaria a la realidad, sino como propuestas de acercamiento a ésta, como formas de interpretarla. No en vano es Nietzsche, ícono del pos-racionalismo, es citado con una de sus afirmaciones más revolucionarias: "¿Qué es la verdad? Un ejército movible de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en suma, un conjunto de relaciones humanas [...]".

A partir de esta piedra de toque, el investigador repasará el panorama de los estudios literarios comprendidos desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Esta relación resulta más que pertinente debido a que el concepto del que se parte guarda estrecha relación con la materia tratada pues ambos se insertan en el mismo contexto, a saber, el que concibe una verdad como una categoría en constante cambio, flujo, tensión. Este acercamiento es un acierto, además, pues ninguna propuesta se ve como una llave de ingreso al fenómeno literario con una existencia per se, sino como un medio desde el cual se lo proyecta; así, no se entienden las diferentes teorías en un sentido realista e ingenuo, sino que se las ve como ámbitos, paradigmas, donde la literatura adquiere rasgos específicos.

Resaltan esta perspectiva, además del epígrafe mencionado, una introducción y dos acápites, "Antecedentes" y "Conclusiones". En la introducción, se delimitan los objetivos del libro, donde, según se afirma, se hablará de lo sustancial de los patrones y paradigmas de teoría literaria, y no de un panorama histórico.

En "Antecedentes", destacan las siguientes disquisiciones: la presuposición y complementariedad de la poética y la retórica en la reflexión aristotélica, que acarreó, por la praxis artística misma y por los aportes de los tratadistas latinos, una posterior fusión de retórica y poética; la visión textual y extra-textual del fenómeno trágico -y de ahí literario-, presente ya en la reflexión teórica grecolatina; la postulación de la fuente de la llamada "falacia expresiva", posiblemente derivada de la antedicha fusión entre la acción retórica y la acción trágica; la asunción actual, heredada de siglos de reflexión teórica, de las nociones de unidad, totalidad, cohesión formal, organicidad y coherencia semántica; las consecuencias de las nociones antedichas y su ubicación como derivados de una mentalidad organicista, mas no como una manera válida para describir el texto literario; la importancia del dramaturgo Bertolt Brecht, junto con Lacan y Althusser, en la disolución del prejuicio funcional y en la formulación del texto como entidad fragmentaria; la ambigüedad, incoherencia y contradicción, así como un nuevo concepto de teoría, que surgen de la polémica tanto entre los que sostienen la sistematicidad de la obra literaria, como los que sostienen su asistematicidad.

"Conclusiones", parte que cierra el libro, se basa en gran parte en las ideas del teórico Paul De Man, y se centra en la renovación contemporánea de los estudios literarios. Esta se da con una autonomización de la teoría literaria, la cual se logra por el énfasis, ya no en principios históricos o estéticos, sino en la reflexión sobre la problemática de la producción del significado. Se pasa, así, de un interés por la interpretación a un interés por la decodificación: el modelo hermenéutico pierde terreno frente al semiótico, y la literariedad del texto adquiere tanta o más autonomía que la misma teoría. Esto, y el uso del sustrato lingüístico descriptivo, explican la "liberación" de consideraciones canónicas, secularizando su objeto se estudio. Esbozadas estas consideraciones, después de la breve panorámica expuesta en "Antecedentes", recalca las raíces históricas de las propuestas contemporáneas.

Cierra esta parte final un panorama de la coexistencia de las diferentes metateorías, con un balance que apunta a una superposición caótica de las diferentes corrientes y una creciente tendencia a efímeras ortodoxias. Propone el autor, en este contexto, tomar conciencia de los marcos históricos que fijan las diferentes tensiones que hoy configuran el quehacer crítico. La integración de todo tipo de información, impulsada por un afán sintético propio de todo quehacer teórico, aparece como el rasgo distintivo al cual se apela, en la actualidad, en el momento de estudiar la literatura: "Todo trabajo crítico es un proceso de invasión, un mecanismo de contaminación del texto, que se apoya en el requisito de la reinterpretación permanente" (144). Asimismo, el autocuestionamiento radical, el borrado de las fronteras entre lo sustentado y su contrapropuesta, la recusación de toda identidad fija, la constante revisión del contexto -bastante problematizado- de producción teórica y el diálogo pluralista son rasgos distintivos de la teoría y crítica literaria actual.

Entre los acápites mencionados, se mencionan como coexistentes actualmente-aunque unas con más vigencia que otras- dieciséis modos de acercarse a la literatura, que van desde la estilística más tradicional, hasta el poscolonialismo, pasando por el feminismo y la Nueva Crítica. Ahora bien, si es verdad que se entiende el contexto de los estudios literarios como una constante interacción de dichos puntos de vista, que se influyen y se recusan, no por eso todas las propuestas de concepción y análisis del fenómeno literario se encuentran a un mismo nivel. Es por ello que, en cada sección del libro, a pesar de un formato de enumeración secuencial, se resaltan las jerarquías existentes entre teorías, así como sus respectivas limitaciones. Se reconocerá, por tanto, la deuda que tiene la Semiótica con el estructuralismo, así como el carácter esencialmente ecléctico de la teoría feminista, que se nutre del psicoanálisis y el marxismo -por eso extraña que, habiéndose notado los vasos comunicantes, no se esbozara una disposición tipográfica que hiciera explícita estas relaciones.

Destacan, así, entre las diferentes síntesis de las corrientes teóricas, tanto cuantitativa como cualitativamente, las referentes al psicoanálisis, a la teoría literaria marxista, a la deconstrucción y a la polifonía. La importancia de estas teorías se entiende por el sustrato que representan de otras teorías: la teoría feminista y el neo historicismo, que convergen de todas las perspectivas antedichas; los estudios culturales y el poscolonialismo, deudores en gran medida del marxismo; y el posestructuralismo, que nace a partir de la desconfianza sobre la estabilidad del significado, propia de la deconstrucción.

Por su parte, la importancia de la Nueva Crítica es resaltada señalando que, gran parte de las reflexiones actuales, nacen por oposición a ella; la estilística es comentada junto con sus orígenes clásicos y sus principales falencias teóricas; y la estética de la recepción se configura a partir de sus fuentes, la hermenéutica alemana.

Ahora bien, la información mencionada no cambia del todo nuestra primera impresión, aquella que sugería que estábamos frente a un manual. Gran parte del libro es una relación de lo que otros teóricos ya han postulado y conceptuado; de ahí la abundancia vertiginosa de citas. De la misma forma se explica la inadecuada homologación de elementos tan disímiles como pueden serlo la Semiótica -una disciplina- con el posmodernismo- ¿actitud, presupuestos comunes, conjunto de categorías anti-modernas?-. Esto le resta, por supuesto, novedad y trascendencia teórica, aunque no disminuye su utilidad, ya que la abundante bibliografía y la capacidad sintética del autor hacen más accesible para todo interesado la panorámica actual de los estudios literarios.