La cita está a imagen y semejanza del conjunto de la novela; el punto de vista de Torres Lara es sumamente negativo respecto a los indígenas; sólo son bestias con apariencia de hombres. Carentes de inteligencia, hablan "un idioma primitivo" (9); desprovistos de sentido moral y movidos por el instinto, cometen frecuentes hurtos:Si un indio os roba un zapato, no se empeñará mucho en robar el otro, pero por más que conozca la inutilidad de este objeto tampoco os lo devolverá, sea simplemente por el placer de quedarse con él, sea que constituya un trofeo para él o para que tengáis derecho de llamarlo ladrón. (9)
Los domingos se emborrachan con el alcohol vendido por el cura falto de escrúpulos. Enceguecidos por las creencias religiosas y mantenidos en la ignorancia, sirven los intereses particulares del sacerdote y conforman una cuadrilla para todas las expediciones punitivas . El autor de La trinidad del indio apenas manifiesta un sentimiento de compasión para aquellos parias:
No parece si no que el indio no tuviera más que seis días de vida, y no días por supuesto como los de la creación; y que su existencia fuera una serie de existencias, tantas como el número de semanas que viven: así después de un no ser que dura veinticuatro horas, el indio nace o comienza a vivir nuevamente el lunes; este día su cuerpo aún vacila y su mente no concibe; en los días sucesivos va tomando embrionaria forma su inteligencia, y aún no ha acabado de desarrollarse cuando llega otra vez el domingo y la nueva muerte parcial. (19)
No asoma la menor solidaridad ni ternura como va a ocurrir con Clorinda Matto de Turner. Los indígenas de Torres Lara están envilecidos y son incapaces de esbozar algún motín. La rebeldía, aun individual, empezará a tomar forma en Aves sin nido.
En lugar de indios pobres e ineptos, el novelista prefiere representar a las autoridades del pueblo y sobretodo al sacerdote que emerge como una preeminencia. Torres Lara expresa sin tapujos su anticlericalismo:
El cura y los demás comerciantes del lugar llevan un poco de ron y como la sabia providencia les ha concedido bastante agua, ellos lo cristianizan, siguiendo sin duda los preceptos de su religión; y a manera de Dios al instituir el sagrado sacramento, base y origen de la sociedad, ellos dicen al agua y al ron: creced y multiplicaos; y de este modo se multiplican los borrachos y las monedas en los bolsillos del cura y demás sacerdotes del dios oro. (8)
El cura de Cashcanca está dotado de todos los vicios. Primero se evidencia su cinismo, pues aprovecha la credulidad de los indios para despojar por las noches a los santos y adueñarse de las ofrendas.
Tal falta de honra es congénita: codicioso, explota a los niños a los que debería enseñar la lectura. En vez de dedicar su tiempo al servicio de Dios, lo pasa armando nuevos chanchullos; a sabiendas de todos, infringe la obligación del celibato ya que mantiene ostensiblemente a una mujer y a supuestos sobrinos. Su inteligencia es escasa pero puede concebir mil y una tretas para librarse de un enemigo; azuza a la población como para una guerra de religión con el fin de eliminar a un forastero que compromete su autoridad:
En un enérgico sermón, notable por los términos más enérgicos aún, que la pluma se resiste a reproducir, teniendo por púlpito su mula, les hace recordar que ellos son serranos y cristianos y aquél, costeño y judío, y que por consiguiente no debe escapar de la hoguera en que Dios quema a los hereges en este y en el otro mundo. (37)
Más adelante abusará del infortunio del juez encarcelado para robar sus bienes con el pretexto de una generosa ayuda. En realidad, se trata de un estafador ajeno al pueblo que ha usurpado la sotana y quiere sacar provecho de la credulidad y apartamiento de los feligreses.
El cura que, dicho sea de paso, no tenía de tal sino la corona, estaba cuando entró [el gobernador] en mangas de camisa, tejiendo una soga de cerdas pues aperaba una recua al mandar a la costa por artículos de comercio. (23)
El bendito sólo tenía de serrano las bayetas que lo cubrían; ya se ve, era sacerdote. (64)
Asombra lo exagerado de ese retrato; sin embargo, a diferencia de El padre Horán de Narciso Aréstegui (1848), La trinidad del indio no causó ningún escándalo; puede que se explique esa indulgencia por la agitación política y el renacimiento intelectual de aquellos años 1885-1886 , y también por la discreción que el uso de un seudónimo le podía dar al autor.
Al lado del cura, en forma menos agresiva, Torres Lara se contenta con bosquejar la figura del gobernador, representante del Estado y supuesto garante del mantenimiento del orden público en Cashcanca. El retrato moral importa más que la apariencia física pero no se trata de sentimientos complejos: el gobernador es tonto de capirote y tal estupidez congénita se ve acrecentada por la ignorancia. Analfabeto que por supuesto, habla a duras penas el castellano y es incapaz de un cálculo sin acudir a granos de maíz, ese notable de tragicomedia desconoce hasta la palabra "colegio" como lo demuestra un episodio burlesco:
Cómo poes, taita cora, ¿que to eres coligio o estás en Lema? interrumpió vivamente el Gobernador, admirado con semejantes palabras, porque no comprendía cómo podía enseñar el cura sin ser colegio, y aprenderse ahí sin ser Lima. (24)
Pese a tales lagunas el cargo de gobernador sigue transmitiéndose de padres a hijos. Para ejercer esa dignidad, la violencia física es empleada por esbirros al servicio de los intereses propios del gobernador. Ninguna transformación radical de la sociedad andina es concebible; a falta de instrucción y libertad, imprescindibles fundamentos del progreso, sólo se manifiesta la lenta evolución de las mentalidades:
La idea de progreso es innata: nuestros pueblos han progresado instintivamente y por consiguiente con una lentitud muy próxima a la inmovilidad, por la carencia de instrucción y libertad que son sus palancas indispensables. (20)
En definitiva, el gobernador resulta una pálida copia del cura de Cashcanca. La figura del juez es la que viene a completar la "trinidad del indio". Menos degradado que sus antagonistas, se ubica en el tercer puesto del escalafón del pueblo y sabe leer y escribir en castellano.
Casado con una india, él mismo o es indio o mestizo, poco importa; lleva una vida tan precaria como la de los pobladores más pobres de la comarca contentándose con comer el rústico "yaco-chupe". Sin embargo, antes de verse despojado por sus compadres, poseía un ganado de más de cien vacas, alfalfares y campos de papas conseguidos a expensas de indios inculpados. Pese a esos desmanes, es el más humano del trío; se preocupa por sus hijos (c. 10) y es reverenciado por su mujer (c. 15). Cándido, cree que el cura es todopoderoso por ser el representante de Dios en la tierra, hasta el momento en que se percata de los tejemanejes del sacerdote y da muestras de la misma habilidad táctica para engañar al gobernador y recuperar sus bienes. Al final de la novela, la guerra está declarada entre autoridad civil y religiosa; y una vez liberado, el juez terminará por presenciar la batalla campal que opondrá a los partidarios de ambos ladrones.
Finalmente, el pesimismo sale victorioso. Para Torres Lara que evoca la vida en los Andes con cierto desapego, no se puede tener ninguna esperanza; sólo el tiempo permitirá una evolución de las mentalidades y modificará las costumbres, pero no es concebible un cambio completo, impuesto por el poder ejecutivo. Este fracaso vale para todo el Perú:
Podrá ver el lector que a estos pueblos se les puede cebar y mandar a un camal (como a menudo sucede) con la misma facilidad con que se les podría civilizar si hubiera voluntad; y digo esto, tanto de los vecinos y camaradas de las llamas descendientes de Manco-Capac, como de los blancos, negros, zambos, mestizos y demás menjurje descendientes de Pizarro y del resto del género humano. (9)
El escepticismo de Torres Lara será denegado por Manuel González Prada, lo que explica tal vez su éxito, pues en lugar de esperar los presuntos efectos de la ineludible evolución de las razas como Torres Lara, González Prada abogará por la acción inmediata:
A vosotros, maestros de escuela, toca galvanizar una raza que se adormece bajo la tiranía del Juez de Paz, del Gobernador y del Cura, esa trinidad embrutecedora del indio .
La fe en la instrucción es característica del espíritu del siglo XIX. Veinte años más adelante, González Prada cambiará de punto de vista al plantear el problema de la tenencia de las tierras en "Nuestros indios". De todas formas, en 1888, su optimismo causó un efecto sorpresivo en la opinión pública, a la inversa del silencio que envolvió y acalló la publicación de La trinidad del indio.
En el fondo, la novela de Torres Lara proporciona una imagen limitada de la realidad andina ya que tiene como única meta denunciar los abusos; la mirada es distante y desdeñosa para con los indios. Este enfoque, en aquella época, novedoso, será superado con la humanización e individualización de los indígenas que propondrá Clorinda Matto de Turner en Aves sin nido (1889).