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La imagen del tiempo es la clepsidra precisa. El goteo se hace efectivo y nos agrega anchura, complejidad y polifonía. Se rebelan los géneros y, revelados, acechan los fueros de nuestra mixtura botánica y mineral: los estancos se abren, como se aprieta en tiempo un año que estalla en más de doscientas páginas de visita, acecho, inquisición y sometimiento a la literatura, a la identidad del brillo pétreo entre los adobes del nacimiento nacional y el olor a zonas eróticas (y erógenas) de la literatura peruana en plena cópula de nacimiento.En este vértice de implosión de identidad se gesta una sesuda (intuitivamente neuronal) quemazón ensayística en nuestra Pira de los sentidos, en la que se cuecen en una base elemental nuestras voces literarias originales: el siglo XIX peruano y sus interrogantes, sus traumas y leyendas de nuestro inefable renacimiento, edifican el primer dossier ensayístico. En un diálogo intenso y profundamente visceral se da brillo a la opacidad en el segundo dossier, sin asco y sin tabú, de la Pira ardiente: el valor y categorías conceptuales de la mierda y el sexo en parte de la obra de José María Arguedas. Luego de la gesta sexual, escatológica y egotista nace Coros de la piedra, tanto en verso cuanto en diégesis. La piedra canta en verso entre las aguas de poetas abrevados de la distancia. De los años ochenta, por ejemplo, Frisancho, Di Paolo y Limache nos ofrecen su coro de diferencias. El coro se alarga hasta los noventas y los novísimos. La diégesis, por otro lado, conoce de otros pedregales: Carlos Herrera nos ofrece al inédito argonauta erótico y el gótico Kerberethrou nos inserta en laberintos sugerentes de cama. No nos saciamos en una lengua, degustamos Mil lenguas de distancia, gracias a los poemas de la finesa Eira Stenberg y del francés Gérard Cartier (entre las lenguas de Renato Sandoval, Inka Korhonen y José Cabrera Alva). Otros ecos habitan el jardín de nuestra literatura y allende fronteras políticas compatriotas nuestros, como Mariela Dreyfus, definen o remiten crónicas literarias de lejanía, de exilio y diferencia. Nuestra tradicional exhumación literaria desempolva los Fantasmas de papel en una pequeña antología de El Perú Ilustrado y de un texto crítico de Basadre sobre César Vallejo. El Galeón de libros viene cargado y arria velas en el puerto que usted sostiene: el profuso bajel desagua ajos y zafiros a granel, y, en el lindero de nosotros mismos, Jorge Castilla Bambarén exuda nuestra piel plástica. La explosión fisional centrípeta hacia nuestro yo más hondo genera este vórtice que hemos denominado con el quinto guarismo. Sentenciamos, antes del punto de apertura, el rezo que recorre todo el número sostenido entre manos: No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.
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