Física y metafísica de la poesía de Blanca Varela
Violeta Barrientos Silva

Que el hombre es un ser animal, un ser material, es una aseveración recurrente en la obra poética de Blanca Varela: "Soy un simio, nada más que eso" ("Primer baile", en Ese puerto existe) "tú eres el perro tú eres la flor que ladra" ("Secreto de familia", en Valses y otras falsas confesiones) "El hombre es un extraño animal" ("Conversación con Simone Weil", en Valses y otras falsas confesiones) son algunas de las variantes expresivas de esta definición del ser humano. El breve poema "Justicia", de Canto villano ilustra como una pequeña fábula irreverente, el ciclo natural de la cadena de la vida y de la muerte que hermana a la especie animal: "vino el pájaro/ y devoró al gusano/ vino el hombre/ y devoró al pájaro/ vino el gusano/ y devoró al hombre".

La identificación con el origen animal y el sentimiento de carencia existencial, ya tenían un antecedente en la poesía peruana contemporánea con César Vallejo; sin embargo, lo que diferencia a la poesía de Blanca Varela respecto a su antecesor, es que en ella no es posible una superación de la finitud humana mediante el recurso de la solidaridad, de la búsqueda del Otro para hacer de él "el prójimo"; más bien se va a pérdida. Varela vive otra época, la posguerra, la deformación del socialismo por los regímenes totalitarios y el derrumbe de las ilusiones de progreso, es influenciada por la filosofía existencialista de Sartre, de ahí que la única certeza humana sea la propia individualidad. Individualidad que no es una entelequia, sino una entidad actualizada en un presente de carne y hueso.

El cuerpo es "carne y hueso", es "polvo", mezcla de materiales; cuerpo desconocido que desorienta al sujeto, contingente e incontrolable en su deterioro, nos dice la poesía de Varela. La autora abre sus sentidos para percibir la composición o la descomposición de lo material, para distinguir la luz del día, los colores, la materia con la que el artista fabrica su obra, tópicos que subyacen en su obra. Así como otro contemporáneo suyo de la poesía peruana, Jorge Eduardo Eielson, pero con distintos recursos, Varela aproxima la poesía a la pintura o escultura como intentando aproximar lo físico a la idea, el cuerpo a la mente, la virtualidad de la palabra a la realidad concreta de lo plástico, reconociendo que en el ser-en el-mundo la percepción se anticipa a la razón.

A imagen y semejanza de Dios
La condición de ser en el hombre, está sometida a lo que es el cuerpo; a la vez herencia de nacimiento, destino finito y paso en el tiempo: "esta ínfima y rebelde herida de tiempo que soy" ("Malevitch en su ventana", Ejercicios materiales) "Se trata simplemente de heridas congénitas y felizmente mortales." ("Último poema de junio", Ejercicios materiales).
La vida humana es un "canto villano" simple y cotidiano como el hambre y el deterioro por los que se culpa a la carne, no hay sino un aquí y ahora. Así, en el poema "Canto villano":
y de pronto la vida
en mi plato de pobre
un magro trozo de celeste cerdo
aquí en mi plato
(.....)
este hambre propio
existe
es la gana del alma
que es el cuerpo
es la rosa de grasa
que envejece
en su cielo de carne
mea culpa ojo turbio
mea culpa negro bocado
mea culpa divina náusea
no hay otro aquí
en este plato vacío
sino yo
devorando mis ojos
y los tuyos (1996: 154-155).

El poema subraya la soledad existencial, el ser humano está solo como el único bocado sobre aquel plato vacío, plato de pobre, metáfora de la vida.

Con ironía amarga se asimila la herencia cristiana de la caída original: el tener una realidad carnal es el fruto de una culpa, de un pecado que cada ser humano arrastra desde que nace. El reconocimiento de la condición mortal produce un reclamo cuyo destinatario es un dios cristiano.

Dios es el origen de esa finitud. La relación entre él y el hombre es jerárquica, éste se encuentra en las manos de aquél, quien dispone de su destino.

La relación de lo celestial y carnal o humano es desigual. El dios cristiano se encarnó para lograr la eternidad, destino que no es el mismo del hombre, quien lleva adelante su vida sin escapatoria con una carga a cuestas más pesada que la del propio dios: "pasado presente y futuro/ son nuestro cuerpo/ una cruz sin el éxtasis gratificante del calvario" en "Camino a Babel" (1996:175-176). La cita es irónica, los símbolos de la cruz y el calvario trastocados, una superposición de metáforas crea un efecto en cadena en el que el cuerpo es la metáfora del tiempo y la cruz es la metáfora del cuerpo.