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Lorenzo Helguero. El amor en los
tiempos del cole
Lima: Comillo blanco, 2000.
Víctor Vich
A veces, siempre, a veces, digo, es un decir, los poemas nuevos
de un autor hay que leerlos en el conjunto de todos los otros que los
han precedido. Un poema no es solamente un poema sino además un fragmento,
un resto de una totalidad mayor que previamente lo ha determinado y a
la cual, como lectores, nunca vamos a tener un acceso completo y total.
Esta es la primera imagen que se me vino a la cabeza después de leer con
vehemencia y satisfacción El amor en los tiempos del cole, si no
me equivoco, el quinto libro de Lorenzo Helguero. .....
Dos son las problemáticas -una sobre el amor, otra
sobre la literatura- que recorren su obra y que aquí se manejan a contrapunto
en un gesto que nos obliga pensarlas simultáneamente y casi sin regodeos.
La pregunta parece haber sido la siguiente: ¿Cómo conciliar la escritura
literaria y la realidad interna de los textos con la experiencia externa
y vital del amor? Las palabras son sólo palabras, un reflejo pálido de
la vida y desde niños se nos ha enseñado diferenciar: una cosa es el amor,
otra, muy distinta, es la literatura. La literatura es sólo un aterrador
conjunto de imágenes escasas, visiones fantasmáticas, pérdidas de todo
tipo. Por ahí, sin embargo, en esos intersticios, entre la literatura
y la vida, una pequeña luz aparece y podemos intuir un primer intento
de respuesta. Podemos concluir, por ejemplo, que la literatura es el espacio
que suplanta al amor y al deseo; que fuera del amor sólo existe la literatura,
y que el discurso literario es la forma agónica y desgarrada que tenemos
los hombres para satisfacer una necesidad que por otras vías nos ha sido
negada.
Aquí,
sin embargo, quisiera realizar una brevísima aclaración: por literatura
no estoy entendiendo los textos consagrados por la tradición occidental
y, a veces, melosamente discutidos en las universidades y los departamentos
de letras. Por literatura yo entiendo todo, menos esa ideología autonombrada
cuyo objetivo consiste en consagrar, clasificar y jerarquizar algunos
signos a los que ventrílocuamente propone como "superiores" y más "elevados".
Al leer la poesía de Lorenzo Helguero cualquiera descubre exactamente
lo contrario: descubre, sin complejos, que todo es importante y que el
canon cultural es un invento absurdo y risible. Betty Mármol, por ejemplo,
la esposa de Pablo en Los Picapiedra, resulta ser aquí una imagen
tan digna y trascendente como la Victoria de Samotracia o cualquier maja
desnuda pintada por Francisco de Goya u otro artista famoso. La Caperucita
Roja parece encontrarse al mismo nivel que las consagradas ninfas del
célebre Garcilaso y, finalmente, el estrambótico mago Houdini parece esconder
cosas tan importantes como los famosos lamentos del barbado Segismundo.
Entonces, para la poética de este libro, vale decir, para el significado
de esta poesía del cual ni el autor ni yo tenemos absoluto control, el
lenguaje ha dejado de ser una específica forma de decir y se ha
convertido en una contundente manera de hacer. En sus libros anteriores
y en éste en especial, la literatura es una acción que duda de todo y
que siempre pretende desbaratar nuestras concepciones clásicas. Los signos
y las imágenes que este libro nos proporciona han vuelto a poner sobre
el tapete, no ya la pregunta acerca de qué es y no es lo literario sino,
justamente, la irrelevancia de tal jerarquización, vale decir, la inutilidad
social de los discursos tautológicos.
Resuelta la pregunta sobre el canon, regresemos a aquella sobre el amor
y el deseo. Había dicho que, en su visión más amplia o, si se quiere,
desconstruida, la literatura funcionaba como un sustituto del amor, vale
decir, como el medio para transferir y deslizar todo el desgaste de la
vida social hacia un conjunto de signos que desesperadamente desean ser
permanentes.
Ahora bien, ¿no ocurrirá exactamente lo contrario? ¿no será más bien
que la literatura, lejos de ser el sustituto, es el agente original y
anterior al amor y al deseo? ¿No será, en todo caso, que nos enamoramos
porque hay algo por detrás que nos dice que tenemos que hacerlo y que
en cierta medida nuestros sentimientos ya están predeterminados? Quizás,
como creen los críticos escépticos -y a veces pienso que yo soy, también,
uno de ellos- el amor sea simplemente un efecto del discurso, vale decir,
algo que inventamos y nos inventa sin piedad. La pregunta queda abierta
y cada uno debe intentar responderla a su manera. Lo que sí, es que tanto
como sobre el amor, este es un libro sobre la pérdida y que en sus páginas
nos encontramos ante una realidad invertida y desdoblada.
En todo caso, en este vergonzoso comienzo de un nuevo milenio, y sobre
todo en este impresionante libro, la literatura -la consagrada y específica-,
se deshace y se disemina en el horizonte. Por el contrario, la poesía
de amor, continúa muy intensa y digo, es solamente un decir, tan
apasionadamente urgente como pocas veces antes lo había sido.
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