Marco Martos. El mar de las tinieblas.
Lima: El caballo rojo - Atenea editores, 1999.
Carlos Garayar de Lillo

El mar de las tinieblas es el exitoso resultado natural de la evolución de la poesía de Marco Martos, un poeta que, desde que en 1965 publicara Casa nuestra, mostró un perfil singular. Miembro de la Generación del 60, Martos no empezó especialmente atraído por la poesía anglosajona, que tanta influencia tuvo en los de su promoción, ni por los temas que sus coetáneos abordaban. Más bien, su poesía parecía transitar con comodidad por los caminos que habían afirmado, muy dentro de la tradición española, autores como Antonio Machado o, entre los peruanos, Washington Delgado.

En realidad -como es posible ver con claridad ahora que sus libros anteriores al que comentamos han sido recogidos en Leve reino-, la poesía de Martos siempre se movió a su aire, libre de ataduras de escuela, y ésta fue una dirección que el poeta asumió conscientemente, como que lo dice en "Contra Critias", de Casa nuestra: "Cojo la pluma y digo/ lo que me viene a la lengua/ lo que siento de adentro/ lo que nadie me dicta/ Cojo la pluma y digo/ radiografía daltónico/ o lo que me da la gana". Lo que hacía distinta era que no se trataba de una poesía experimental, sino experiencial. La vida cotidiana era su principal fuente, y derivaba su fuerza -además, por supuesto, del trabajo lingüístico- de la impresión de que apenas mediaba distancia entre el yo poético y el yo real. Los siguientes libros confirmaron esta tendencia al ritmo ríspido, al tono deliberadamente menor o a una visión desde el yo; a la vez que reafirmaban la maestría de su autor en el manejo de la lengua y precisaban algunos temas: el entorno familiar, la escritura y, fundamentalmente, el amor.

El silbo de los aires amorosos (1989) hace perceptible un cambio que se estaba gestando desde principios de los años 70 y que se reafirma en Caballera de Berenice (1990). La poesía de Martos había venido haciéndose cada vez más reposada; no menos honda ni conmovedora, pero sí menos efusiva. Personalmente pienso que esa tendencia se acentúa cuando su autor se acerca, con pasión de estudioso, a la obra de Baudelaire, uno de los poetas a los que más admira, y aprende de él aquello que Hugo Friederich llamó la despersonalización de la lírica moderna. A partir de estos dos poemarios, esa tenencia se manifestará en la capacidad de adoptar -encarnando, no meramente actuando- diversas personalidades, técnica que le permitirá abordar una gran diversidad de temas e incursionar en el pasado y en otras culturas.

En la presentación de Leve reino, en noviembre de 1996, yo señalaba que la poesía de Marco Martos estaba en plena evolución y que había que esperar cambios en la dirección "de la sabiduría y la serenidad". Pienso que ello se está cumpliendo y que El mar de las tinieblas despliega una serie de logros que son posibles, tanto porque el poeta se ha abierto a mayores y más diversas incitaciones, como porque ellas están perfectamente controladas por alguien que concibe la poesía ya no tanto como expresión cuanto como sabiduría, Sabiduría vital, por supuesto, no libresca.

Durante el Renacimiento, la "sabiduría poética" era concebida como un equilibrio entre aquello permanente y universal, los conocimientos poéticos - ritmos, figuras, etcétera.-, y lo intransferible por individual, la experiencia. Antes, en la Edad Media, y después, en el Barroco, se pone en primer lugar los conocimientos, de los que se enorgullece, por ejemplo, el Arcipreste de Hita en el famoso pasaje de su libro: "E compóselo otrosí a dar algunos leción e muestra de metrificar e rimar e de trobar; ca trobas e notas e rimas e ditados e versos fiz complidamente, segund que esta ciencia requiere". En el Romanticismo, en cambio, se privilegia la experiencia, especialmente los sentimientos.

La perspectiva de El mar de las tinieblas es la del equilibro. En un libro que bien podría haberse llamado El mar de la tranquilidad, Marco Martos concede espacio al juego formal y practica desde coplas de pie quebrado, a la manera de Manrique, hasta un diálogo surrealista, pasando por gacelas andalusís y sonetos, pero no se regodea en el manejo de las formas, sino que éstas le sirven para calar el espíritu de quienes en su momento las practicaron. Así el libro es un recorrido por la historia de la literatura, en el que el poeta moderno va prestando su voz a los antiguos o lejanos y reviviendo de ese modo sensibilidades y formas de pensar distintas de las nuestras, y que por lo mismo nos sorprenden y conmueven de una manera extraña.

El mar de las tinieblas es un libro de madurez. Como todo artista consciente, Marco Martos ha sentido la necesidad de incorporar a su obra la reflexión sobre la naturaleza del objeto artístico, una reflexión no racional, sino poética, especular. Su valor no sólo radica en los muchos excelentes textos que contiene -como los tres en los que su espejo recupera para nosotros a Yasunari Kawabata y la danzarina de Izu, o ese otro en el que el Arcipreste celebra al vino-, sino en hacer patente que la poesía sigue siendo uno de los instrumentos más efectivos para navegar por ese inmenso mar que es la naturaleza humana.