En realidad -como es posible ver con claridad ahora que sus libros anteriores
al que comentamos han sido recogidos en Leve reino-, la poesía
de Martos siempre se movió a su aire, libre de ataduras de escuela, y
ésta fue una dirección que el poeta asumió conscientemente, como que lo
dice en "Contra Critias", de Casa nuestra: "Cojo la pluma y digo/ lo que
me viene a la lengua/ lo que siento de adentro/ lo que nadie me dicta/
Cojo la pluma y digo/ radiografía daltónico/ o lo que me da la gana".
Lo que hacía distinta era que no se trataba de una poesía experimental,
sino experiencial. La vida cotidiana era su principal fuente, y derivaba
su fuerza -además, por supuesto, del trabajo lingüístico- de la impresión
de que apenas mediaba distancia entre el yo poético y el yo real. Los
siguientes libros confirmaron esta tendencia al ritmo ríspido, al tono
deliberadamente menor o a una visión desde el yo; a la vez que reafirmaban
la maestría de su autor en el manejo de la lengua y precisaban algunos
temas: el entorno familiar, la escritura y, fundamentalmente, el amor.
El silbo de los aires amorosos (1989) hace perceptible un cambio
que se estaba gestando desde principios de los años 70 y que se reafirma
en Caballera de Berenice (1990). La poesía de Martos había venido haciéndose
cada vez más reposada; no menos honda ni conmovedora, pero sí menos efusiva.
Personalmente pienso que esa tendencia se acentúa cuando su autor se acerca,
con pasión de estudioso, a la obra de Baudelaire, uno de los poetas a
los que más admira, y aprende de él aquello que Hugo Friederich llamó
la despersonalización de la lírica moderna. A partir de estos dos poemarios,
esa tenencia se manifestará en la capacidad de adoptar -encarnando, no
meramente actuando- diversas personalidades, técnica que le permitirá
abordar una gran diversidad de temas e incursionar en el pasado y en otras
culturas.
En la presentación de Leve reino, en noviembre de 1996, yo señalaba
que la poesía de Marco Martos estaba en plena evolución y que había que
esperar cambios en la dirección "de la sabiduría y la serenidad". Pienso
que ello se está cumpliendo y que El mar de las tinieblas despliega
una serie de logros que son posibles, tanto porque el poeta se ha abierto
a mayores y más diversas incitaciones, como porque ellas están perfectamente
controladas por alguien que concibe la poesía ya no tanto como expresión
cuanto como sabiduría, Sabiduría vital, por supuesto, no libresca.
Durante el Renacimiento, la "sabiduría poética" era concebida como un
equilibrio entre aquello permanente y universal, los conocimientos poéticos
- ritmos, figuras, etcétera.-, y lo intransferible por individual, la
experiencia. Antes, en la Edad Media, y después, en el Barroco, se pone
en primer lugar los conocimientos, de los que se enorgullece, por ejemplo,
el Arcipreste de Hita en el famoso pasaje de su libro: "E compóselo otrosí
a dar algunos leción e muestra de metrificar e rimar e de trobar; ca trobas
e notas e rimas e ditados e versos fiz complidamente, segund que esta
ciencia requiere". En el Romanticismo, en cambio, se privilegia la experiencia,
especialmente los sentimientos.
La perspectiva de El mar de las tinieblas es la del equilibro.
En un libro que bien podría haberse llamado El mar de la tranquilidad,
Marco Martos concede espacio al juego formal y practica desde coplas de
pie quebrado, a la manera de Manrique, hasta un diálogo surrealista, pasando
por gacelas andalusís y sonetos, pero no se regodea en el manejo de las
formas, sino que éstas le sirven para calar el espíritu de quienes en
su momento las practicaron. Así el libro es un recorrido por la historia
de la literatura, en el que el poeta moderno va prestando su voz a los
antiguos o lejanos y reviviendo de ese modo sensibilidades y formas de
pensar distintas de las nuestras, y que por lo mismo nos sorprenden y
conmueven de una manera extraña.
El mar de las tinieblas es un libro de madurez. Como todo artista
consciente, Marco Martos ha sentido la necesidad de incorporar a su obra
la reflexión sobre la naturaleza del objeto artístico, una reflexión no
racional, sino poética, especular. Su valor no sólo radica en los muchos
excelentes textos que contiene -como los tres en los que su espejo recupera
para nosotros a Yasunari Kawabata y la danzarina de Izu, o ese otro en
el que el Arcipreste celebra al vino-, sino en hacer patente que la poesía
sigue siendo uno de los instrumentos más efectivos para navegar por ese
inmenso mar que es la naturaleza humana.