
 
Ictérico*
Á Aurelio Arnao
José Santos
Chocano
Aquella
era la nota lírica.
El
poema de su vida había sido hasta entonces objetivo, sólo entonces comenzó
el subjetivismo.
Es
preciso ser egoístas - se había dicho; y con aire pensativo se había ido
lejos de la ciudad.
Aquella
alameda era muy angosta y muy larga. Las dos filas de árboles paralelas
y estrechas se prolongaban lánguidamente. Y él en medio de esas filas
miraba dilatarse ante sí una extensión encajonada de verde, que se iba
allá, á lo lejos a resolverse en un boquerón enorme.
El
viento húmedo soplaba á todo pulmón; el dombo gigantesco de los cielos
se tupía de nubes; las montañas, hipopótamos de piedra,- sentían acariciar
su frente por bruma bien tupida y bien blanca. El subjetivismo había comenzado.
En
la frente marmórea de aquel joven, pálido como un verso de Musset, se
arrugaban mil nubarrones de ideas, que luego se resolvían en una lluvia
finísima de lágrimas.
El
viento juguetón se reía entre los árboles con risa escandolosa y áspera
….
- Bien! Bien! Señor realista. Me alegro de esta transformación psíquica,
-que diría un filósofo. ¿Dónde os habéis dejado a Zola? ¿Cómo? Y qué se
hicieron vuestros ideales gastronómicos de positivismo comercial? Qué
de las olorosas franquezas de Richepin?….. Vos el empedernido defensor
de Spencer, el poeta de fierro, el canto épico hecho carne; vos, con lirismos?
Vos, con arrebatos neurásticos, con excentricidades de temperamento bilioso?….
…. Y no volvéis á la prosa épica de la vida práctica y monetaria? Bah!
Quédese esto para nosotros los que somos tan imbéciles que no somos capaces
de enfermarnos, - que diría un vate del Rhin.
Así
le hablaba al joven pálido, otro robusto de constitución ciclópea, con
tórax levantado y manchas rojas en la cara; y el joven pálido se sonreía,
con una sonrisa tenebrosamente alegre, para murmurar entrecortado, con
convulsiones epilépticas: - ¡Estoy ictérico!
-
Pues allá
Y
allá…estaba un café, con sus lamparones de color chillón y salpicado de
letreros múltiples.
Muchos
amigos esperaban.
-El
primer poeta del mundo es Edgardo Poe!- gritaba uno levantando en alto
una copa, que se tambaleaba en sus manos con temblores de borracherra….
-
Propongo otro brindis! - gritó otro, haciendo rechinar con aspereza su
aliento y arrojando bocanadas de alcohol.
-
Sí!…Brindo por el amor, que es el champaña del alma.
-
Yo por el mundo! El mundo es una copa y la vida es un trago….
-
Y yo, -dijo el joven pálido,- brindo por mí.
-
¿Por ti? - preguntaron todos.
* Publicado en El Perú Ilustrado 270:329, el 9 de julio
de 1892. Se ha respetado la ortografía y la sintaxis del texto original.
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