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La Herencia
M. Cloamón
Allí se carecía de todo: el lujo no entraba ni a la puerta, lo necesario
había huido. Se estaba mal, muy mal.
En
esto una carta como heraldo de buenas nuevas, vino á sembrar las esperanzas
en ese campo que ya empezaba a creerse completamente estéril. Un tío acababa
de morir y dejaba una fortuna para sus sobrinos.
Y
sobrinos eran ellos.
Luego
la fortuna se les entraba por las puertas, y cuando ellos menos la esperaban;
por manera que el gozo no tenía límites aquel día en la casa de don Bruno
Tenia y Caldereta, exdiputado por Chumbivilcas, casado en segundas nupcias
y autor de un tratado sobre la extirpación de las erupciones cutáneas.
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Bruno, exclamó la mujer gozosamente, lo primero
que deseo es tener un abanico
de plumas, como el de Vicentita.
Esta Vicentita era una mujer de la benemérita clase de viudas en disponibilidad,
con fortuna, y una nube en el ojo izquierdo; pero graciosa y zalamera
como ella sola y muy leida y escribida; resultando, por ende, el tipo
digno de imitación de todas las señoras cursis del barrio.
Y como don Bruno era un buen hombre, un pichilingue, un Juan Lanas,
como decimos por estos trigos, le ofreció á su mujer el abanico y á su
hija un libro de misa de los de Lavalle con tapas de marfil y punteras
de plata.
En cuanto al chiquitín, que era más malo que hecho de encargo, se contentó
con desear un rifle, un sable, charreteras y demás arreos militares, pues
tenía que librar batalla con el vecino de los bajos, el perro de enfrente
y los gatos de los techos.
Además se pensó formalmente en renovar el mobiliario, pues el que había
daba asco, por lo desflorado y mantecoso que estaba, no siendo extraño
á todo ello el buen Juancito, hijo mimado del matrimonio Tenia.
Era necesario tener sofáes amarillos como los de la Vicentita,
alfombra á cuadros, que eran las de moda, y, no olvidarse, por Dios, de
comprar un buen piano, por que la Remedios estaba en estado de aprender:
acababa de cumplir veinte años.
No está demás advertir que una de las cosas más importantes á que había
que atender, con el cambio de fortuna, era el casamiento de la niña.
Ahora que tenía plata lloverían los piquines, pues hasta entonces,
a pesar de no tener malas barbas ni despreciables bigotes; sólo le había
salido, el verano pasado, un grano en la nariz, que casi se le traduce
en grave enfermedad, por habérselo querido curar el padre de acuerdo con
su obra famosa; la que dicho sea de paso, le había conquistado el título
de miembro de una sociedad veterinaria de auxilios mutuos.
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